La explosión del transbordador espacial Challenger en enero de 1986, poco después del despegue desde Cabo Cañaveral y a la vista de miles de personas, incluidas las consternadas familias de los siete tripulantes, fue un impacto mundial. Tal era el optimismo en Estados Unidos respecto a su potencia espacial con estas espectaulares naves avanzadas de ida y vuelta que casi no se contaba con la posibilidad de un accidente así, olvidando que el espacio es un entorno de altísimo riesgo. A bordo del Challenger viajaba la primera civil estadounidense, la profesora Sharon Christa McAuliffe, junto con los astronautas profesionales Ellison S. Onizuka, Gregory Jarvis, Judith A. Resnik, Michael J. Smith, Francis R. Scobee y Ronald E. McNair.
El desastre del Challenger paralizó el programa de los transbordadores de la NASA, que durante 32 meses permanecieron en tierra mientras se investigaban las causas del accidente y se corregían los errores. No fue hasta septiembre de 1988 cuando un nuevo transbordador, el Discovery, fue colocado en la plataforma de lanzamiento y salió al espacio. Los astronautas estadounidenses volvían a volar.
La comisión de expertos formada para investigar las causas del accidente determinó unos meses después que la causa de la explosión y destrucción de la nave en el ascenso fue la fuga de combustible de uno de los dos cohetes laterales de combustible sólido que llevan los transbordadores. Y la fuga, como demostró el premio Nobel de Física y miembro de la comisión Richard Feynman en una espectacular rueda de prensa en Washington, se debió a las bajísimas temperaturas en Florida aquella mañana de abril, lo que provocó que un anillo elástico del propulsor lateral no se dilatara lo suficiente como para cerrar herméticamente la junta que debía sellar.
La decisión arriesgada de dar luz verde al lanzamiento del Challenger pese las bajas temperaturas aquella mañana en Florida, así como una serie de graves fallos en los procesos de control de las operaciones de mantenimiento de los transbordadores debidos a problemas de gestión y a recortes presupuestarios, fueron las claves que la comisión de investigación destacó en su informe. Tras el accidente del Challenger, el más grave sufrido por la NASA hasta entonces, se corrigieron muchos defectos del sistema de transbordadores.
Estos complejísimos vehículos sufren constantemente fallos que retrasan los lanzamientos y problemas en órbita que soliviantan a los astronautas y a los responsables en tierra. Pero hay que tener en cuenta que, como en cualquier vehículo espacial tripulado, los controles y medidas de seguridad se multiplican en comparación con los cohetes no tripulados, lo que encarece mucho su construcción, mantenimiento y utilización.
La NASA ha construido cinco transbordadores (más un vehículo suborbital de pruebas): Atlantis, Columbia, Challenger, Discovery y Endeavour. Ahora sólo tiene tres.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 2003