No es fácil intentar una primera valoración racional de lo ocurrido al transbordador Columbia y sus implicaciones futuras. Este transbordador era el más antiguo de la NASA y durante su vida útil estuvo sometido a múltiples modificaciones, para mejorar sus característica y prestaciones. Mi impresión es que había sido modernizado para que pudiera seguir funcionando, como los otros tres transbordadores de la flota, los años que la NASA tiene previstos que dure la construcción de la Estación Espacial Internacional (ISS), así como su mantenimiento y utilización.
Pero el que hayamos tenido la desgracia de ser testigos de la explosión del Columbia, con la consiguiente pérdida dramática e irreparable de siete astronautas, no creo que pueda permitirnos atribuirlo a la antigüedad de la nave. Todo lo que construimos los seres humanos es perecedero y tiene alguna probabilidad de sufrir un accidente. Con estas premisas diseñamos y ensamblamos los ingenieros los diferentes proyectos. Cuanto mayor es el grado de fiabilidad exigido, mayor es el coste del objeto final, pero les aseguro que los vuelos tripulados al espacio son los que mayor grado de fiabilidad exigen. No obstante, la seguridad de que no fallará nunca es del 100%. Siempre hay la posibilidad de tener un fallo dramático como el de hoy. Esto lo entienden muy bien los astronautas.
¿Cuál puede haber sido el fallo? Es muy difícil conjeturar desde un despacho, sin haber tenido datos, qué puede haber ocurrido. Lo que está claro es que el transbordador, cuando esta en la fase de descenso simplemente planea, no tiene motores en marcha. Tiene, sin embargo, elementos activos como las células de combustible, elementos eléctricos, y pequeños reactores para maniobrar. La explosión ocurrió 16 minutos antes de tocar Tierra; unos cuatro minutos antes algunas zonas de la nave, tales como los frentes de ataque habían estado a más de mil grados centígrados de temperatura por el rozamiento de las capas superiores de la atmósfera. Si el número de elementos aislantes que parece se desprendieron era importante, el calor pudo llegar a zonas donde alguna de las bombonas de gas pudiera explotar.
Esta tragedia tendrá, sin duda, un gran impacto en el futuro de las misiones espaciales, espacialmente en las tripuladas. Es muy probable que se nombre un comité de expertos que deberán analizar que sucedió y que medidas deben adoptarse para evitar estos fallos en el futuro. Esto lleva consigo que los otros tres transbordadores no podrán volar hasta que sean modificados, si ello es preciso, para evitar este tipo de fallos. No podrán ir a la ISS para seguir su construcción. Los tres astronautas que ahora están allí tendrán que ser recogidos en los próximos dos meses con una cápsula Soyuz. En mi opinión es un día de luto no solo para los siete astronautas y sus familias, a los que les expreso mis condolencias, sino para toda la comunidad del espacio, la ciencia, la tecnología y posiblemente toda la humanidad.
Andrés Ripoll es miembro de la Academia de Ingeniería y de la International Academy of Astronautics
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 2003