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COLUMNA

Diógenes

Quien padece el síndrome de Diógenes es incapaz de desprenderse de su basura y la almacena en casa. Alertada por los vecinos, una brigada de limpieza municipal tuvo que entrar en una vivienda de Almería. Los inquilinos, atenazados por esta extraña enfermedad, llevaban años sin tirar una bolsa al contenedor. Los desperdicios al principio se acumulaban ordenadamente en el recibidor, pero luego se habían ido extendiendo por el salón y por los dormitorios. El oficial encargado de sanear el apartamento tuvo que fumigarlo antes de poderlo limpiar. Hay que hacerlo así, dijo frente a la cámara, para no ser atacado por los insectos.

Veía la noticia en televisión y me preguntaba si quienes padecen el síndrome de Diógenes serán conscientes del estado real de su vivienda. Es tan fácil acostumbrarse al caos. ¿Quién no ha dejado alguna vez sobre el aparador una factura de teléfono y luego varios extractos del banco y sobre ellos un folleto de publicidad, tickets de supermercado, instrucciones de electrodomésticos, adhesivos con números de teléfono irreconocibles y un aviso de correos? ¿Quién no se ha sorprendido súbitamente de la altura alcanzada por todos esos papeles que hemos ido acumulando con la sincera intención de revisarlos más tarde? Kippel, así llamaba el escritor de ciencia-ficción Philip K. Dick a esa extraña materia capaz de reproducirse inadvertidamente y sin pausa. Uno retrasa el zafarrancho de limpieza hasta que descubre que está a punto de desaparecer bajo una avalancha de kippel. Es obvio que quienes padecen el síndrome de Diógenes carecen de este instante de lucidez que distingue a los desordenados de los enfermos. El proceso de acumulación de basuras ha sido tan progresivo, que no les debe de parecer extraño tener que apartar una montaña de desperdicios para poder salir de casa. A ver si limpio el polvo, pensarán mientras se abren paso entre los residuos.

Me preguntaba también si quienes padecen este trastorno serán sensibles a la suciedad ajena. ¿Podrá apreciar alguien que ha acumulado bolsas de basura durante años el desorden de otro domicilio, la modesta capita de polvo que blanquea algunas superficies de nuestra casa? Esta pregunta no me la hice mientras veía el trabajo del operario en la vivienda de Almería, sino al leer la semana pasada dos noticias semejantes. En Almería un par de jovenzuelos descerebrados habían sido detenidos por disparar con una escopeta de perdigones a las prostitutas rumanas que se buscan la vida a las afueras de la ciudad. En Jerez una pandilla de chavales muelen a palos estos días a los indigentes extranjeros que se cobijan en la marquesina de la plaza del Mamelón.

A los fachas siempre les ha fascinado dar palizas a vagos y maleantes, como llaman ellos a estos pobres desdichados. Culpan a los débiles de sus desastres, los convierten en basura, y se aplican con denuedo a eliminarla, a limpiar sus ciudades y sus países. A limpiar el mundo. Ignoran, como los trastornados por el síndrome de Diógenes, que la mierda la tienen dentro de casa. En sus cerebros. En sus ideas. Entre su gente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de marzo de 2003