Les contaré una breve historia. Historia, aunque sea de hace unos pocos días, porque está envuelta en ese halo de leyenda que impregna todos los sucesos sorprendentes. Acudo al Hospital Peset i Aleixandre a donar la sangre que, anuncian alarmados los medios de comunicación, falta en los hospitales valencianos. El caos de las atiborradas salas de urgencias me tiene a la espera más de dos horas. La misma urgencia de la falta de sangre me lleva al servicio de Atención al Usuario a presentar mi queja. La chica de sarcástica sonrisa, que atiende el servicio, considera socarrona mi propuesta y, con el recurso del tuteo de quien te conoce desde hace siglos -les prometo que no es mi caso-, intenta que rellene un cuestionario antes de presentar mi queja. Me pregunto si la falta de sangre no se deberá a la indignidad de donantes que, como yo, prefiere huir ante situaciones grotescas como ésta.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de marzo de 2003