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COLUMNA

La ciudad

Las ciudades tienen alma y responden a la personalidad y a las actitudes de quienes las habitan. Le Courbusier, Azorín, Ganivet, Cicerón coincidieron en este enfoque. Pero la ciudad es -no cabe la menor duda- la base de la convivencia y la acción política. Sin ayuntamientos ni municipios no existiría el gobierno del país. Tengo un gran respeto por los ayuntamientos, porque creo que de su adecuada gestión depende en gran medida la felicidad de los ciudadanos.

Sin embargo me indigna que ocurran sucesos dolorosos. No es normal que se produzcan atracos, arma blanca en mano, en la avenida de Jacinto Benavente de Valencia, un sábado a medianoche, con total impunidad. No puede dejarnos impasibles que la policía tarde más de media hora en acudir al lugar de la denuncia, mientras el espectador contempla el atraco que se alarga durante más de diez minutos. Aproximadamente el tiempo que se necesita para cumplimentar el cuestionario que se requiere del denunciante. Al tiempo pasa un coche de la policía local que no atiende a la llamada de auxilio, porque está muy ocupado en solucionar otros problemas.

Este episodio acaba en un robo a mano armada, y es similar a los que ocurren cada fin de semana. Al ciudadano lo que le importa es la indefensión y consiguientemente la inseguridad que invalida los efectos del novedoso Oceanográfico y de la tan deseada puesta en marcha del Parque Central. Por referirnos a proyectos estelares de la ciudad de Valencia. Castellón y Alicante tienen sus estandartes con efectos similares. El "cap i casal" de la Comunidad Valenciana se dirige hacia una exuberante melopea de fuegos artificiales y pasacalles erráticos a la par que estruendosos. También es cierto que con este motivo se concentra en nuestras calles lo menos recomendable de la delincuencia y la bellaquería. Aproximadamente las celebraciones falleras y sus consecuencias entusiasman a la mitad de los contribuyentes. Dejan estupefactos a la mayoría de los turistas y visitantes. Luz, color y sonido para una ciudad que se abre de par en par entre el caos circulatorio y las secuelas de una pasión festiva, que transforma sus calles y su fisonomía. Hay que tener muy presente, que un cincuenta por cien de sus vecinos preparan sus maletas para esos días o se dispone a soportar el suplicio inevitable, con la mejor disposición ante el disloque que se avecina. Es difícil calcular lo que cuestan las fallas en ese otro balance de incomodidad, desmadre, vandalismo, improductividad, insomnio e impertinencia. La defensa de las tradiciones y el respetable derecho al jolgorio de unos, no deben ciscarse en el elemental requerimiento, de una parte del censo, para que nadie tenga que renunciar a vivir, con normalidad, las fallas.

Este debate, como tantos otros, se despacha con un maniqueísmo irritante. No se trata de dirimir entre fallas sí o fallas no. Por el contrario alguien debía plantearse los límites de unos acontecimientos festivos que llegan a colapsar la ciudad, con los riesgos que conlleva. Agravios cívicos, económicos y por supuesto políticos, que nadie quiere ver, pero que están ahí. A la vuelta de la esquina. El elector quiere conocer el proyecto de ciudad que se le propone y en función de su sintonía personal depositará su voto el próximo 25 de mayo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de marzo de 2003