Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Cabalgata

No formaba parte del programa fallero, ni era una expresión de la fiesta del Carnaval, aunque su colorido y sentido del humor pudiesen sugerirlo. Horas antes de que ese ampuloso desfile folclórico que es la Cabalgata del Reino recorriera las calles de Valencia, la tarde del sábado lo hizo una cabalgata de la protesta civil. Convocada por una plataforma que agrupa a más de un centenar de asociaciones de vecinos, colectivos pioneros como Salvem El Botànic o Salvem El Cabanyal, grupos ecologistas y culturales, la iniciativa Per L'Horta, la Coordinadora Riu Xúquer o agrupaciones de afectados por los abusos urbanísticos, la manifestación era como una antología parodiada de los encontronazos del poder con los ciudadanos a lo largo y ancho de la geografía valenciana. El ataúd de Real de Montroi por el vertedero de residuos tóxicos, los cartelones de un Cabanyal que se resiste a ser partido en dos, los llamativos disfraces de hormigón contra la urbanización enloquecida en Nàquera, la alegre escenificación de la mayoría de edad de la democracia, las banderas de países europeos enarboladas por extranjeros residentes a quienes golpea la Ley Reguladora de la Actividad Urbanística... El desfile era de una amenidad insólita. Democràcia participativa. No sense nosaltres, rezaba el lema de la cabalgata, como expresión de una red tejida a través de internet cuyo objetivo es recuperar el prestigio perdido de la participación democrática. Sólo eran unos miles y su presupuesto apenas superó los 2.700 euros, sufragados a partes iguales por los colectivos convocantes. Muy lejos del millón y medio largo que los políticos del PP extrajeron de las cuentas públicas para atraer ayer a las masas a esa feria de paellas que se celebró en el paseo de la Alameda con la excusa del trasvase del Ebro. Muy lejos en presupuesto y en medios, pero mucho más lejos todavía en contenido moral y en perspectivas, la diferencia de escala entre la ciudadanía que se mueve como parte activa y la que se deja arrastrar como multitud pasiva da la medida de la libertad en los tiempos modernos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de marzo de 2003