Cada fin de semana, la chispa de la violencia estalla en algún estadio o campo de medio pelo de la geografía italiana. El calcio, religión y tortura, se cobra una media de 36 heridos en cada jornada por razones tan fútiles como elementales: faltas pitadas contra el equipo de casa, o, simplemente goles encajados, como ocurrió hace una semana en el estadio Delle Alpi, de Turín, semidestruido después por hinchas violentos. Ayer mismo, los futbolistas del Forio de Ischia, de la primera categoría del campeonato aficionado de fútbol, decidieron no disputar el partido que debían jugar contra el Napolitana y abandonar el estadio tras recibir amenazas de un grupo de hombres armados con cuchillos.
En la región de Nápoles se han suspendido 500 partidos de juveniles por falta de seguridad
El Gobierno italiano ha aprobado un decreto que endurece las penas contra los revoltosos para poner freno a la situación.
Crisis económica, ausencia de títulos internacionales, y por si todo esto fuera poco, violencia desatada en los estadios. El fútbol italiano está tocando fondo. De Como, a Turín, de Ancona a Nápoles, las crónicas de los partidos lindan cada vez más con las de sucesos en los diarios italianos. Puede ser un gesto aislado, como la carta-bomba que estalló hace una semana en el campo del Ancona, hiriendo levemente a dos jugadores, y obligando a interrumpir la partida contra el Vincenza. O el ataque sincronizado de un centenar de ultras como el que el sábado 22 de febrero mantuvo una batalla campal con la policía tras destrozar la puerta blindada que cierra la muralla de contención entre las gradas y el campo, en el estadio turinés Delle Alpi. La lista de incidentes es larga y repetitiva. En el encuentro Casertana-Caivanese, de la última jornada, una piedra lanzada con furia por uno de los espectadores hirió gravemente a un policía en un ojo, y en toda la región de Campania (capital Nápoles), la policía suspendió 500 partidos de juveniles al no poder garantizar la seguridad.
Los incidentes del estadio turinés Delle Alpi se produjeron apenas dos días después de que el ministro del Interior, Beppe Pisanu, anunciara la aprobación de un decreto ley anti-violencia, para frenar la situación. Pero no se trata de la panacea. Los responsables policiales de una ciudad podrán modificar la fecha de un partido si existen riesgos ligados a la seguridad, y sobre todo, detener a los ultras violentos hasta 36 horas después de haber abandonado el escenario de su acción destructiva. Gracias al decreto, la policía detuvo esta semana a tres tifosi que participaron de una u otra forma en los graves incidentes del estadio de Turín. Tipos normales, uno de ellos, de 40 años, soltero y discreto, pidió a los agentes que al menos le dejaran vestir la bufanda del Torino en la cárcel.
Los analistas del calcio se preguntan a qué puede deberse que una nación pacífica como Italia haya dado este fruto violento en los estadios. Adriano Galliani, presidente de la Liga de Fútbol, cree que algo de culpa tienen los periodistas, por azuzar a los hinchas contra directivos y jugadores cuando las cosas no salen bien en un encuentro. Lo peor, dice Galliani, "es que los aficionados italianos no soportan perder". Una opinión rechazada de plano por Antonello Capone, presidente de la asociación de Periodistas Deportivos. "Acabemos con los juicios sumarísimos. No somos nosotros, los periodistas deportivos, los que envenenamos el mundo del calcio".
Analistas, jugadores y aficionados se preguntan por qué se deteriora cada jornada la situación. Para Gianni Petrucci, presidente del Comité Olímpico italiano, la cosa está clara. "Nos falta la cultura de la derrota".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de marzo de 2003