Dos datos de coyuntura y uno de largo plazo caracterizaron a la economía de EE UU en los últimos días. De los primeros, uno bueno y otro malo; el bueno, que el PIB del último trimestre de 2002 creció el 1,4% en la revisión del Departamento de Comercio, el doble de lo que se había avanzado hace un mes; el malo, que la confianza de los consumidores en el futuro sigue bajando. El de largo plazo es el coste de la guerra con Irak: sólo por poner en marcha el dispositivo bélico y atacar, casi 100.000 millones de dólares, que añadirán déficit al déficit, ya descontrolado.
Mientras ocurren estas cosas, Bush sigue engrasando a su equipo económico para los nuevos malos tiempos. Sustituidos después de las elecciones al Congreso el secretario del Tesoro, el presidente de la Securities and Exchange Commission (SEC) -que dimitió- y el director del Consejo Económico Nacional, ahora acaba de presentar su dimisión R. Glen Hubbard, presidente del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca. Para darse cuenta de la significación de este abandono hay que recordar que entre sus antecesores estuvo, por ejemplo, un economista de la personalidad de Joseph Stiglitz (con Clinton).
Pero no sólo eso. Hubbard había sido uno de los principales filósofos del plan de reducción de impuestos a los más acomodados, con el objeto de impulsar la economía, elaborado por la Administración americana. Y recientemente fue el cargo oficial que más duramente respondió a las críticas que el maestro Greenspan dirigió a dicho plan, en la Cámara de Representantes y en el Senado, por contribuir al incremento del déficit público y de los tipos de interés a largo plazo. Su última actuación como presidente de los asesores presidenciales fue precisamente ésa.
Para suceder a Hubbard, Bush ha nombrado a otro profesor de Economía, Gregory Mankiw, de la Universidad de Harvard, muy conocido por ser el autor de algunos de los manuales que compran los estudiantes de economía por cientos de miles de ejemplares (Principios de economía y Macroeconomía), y que compiten con los de premios Nobel tan insignes como Stiglitz o Samuelson. Mankiw ha sido criticado desde el mundo académico por no tener el peso científico de algunos de sus antecesores y mentores (Martin Feldstein, Alan Blinder, Larry Summers, Stiglitz o Stanley Fischer).
Mankiw coincide con Hubbard en la escasa simpatía que tiene a la acción de Alan Greenspan al frente de la Reserva Federal (Fed). En su ensayo Política monetaria de EE UU durante los noventa escribe Mankiw: "La falta de una política [monetaria] explícita significa que los futuros miembros de la Fed heredarán un legado limitado... La única política consistente [de Greenspan] parece ser: estudia todos los datos con cuidado y entonces establece un tipo de interés al nivel correcto. Más allá de esto no se han dado otras coordenadas claras... parte de la impresionante evolución de los noventa fue debida a la buena suerte" (sic).
Greenspan ha sido presidente de la Fed con Reagan (sustituyó a Paul Volcker), Bush padre, Clinton y George W. Bush. Cuenta Bob Woodward en la biografía del banquero (Greenspan, Editorial Península) que éste tuvo más empatía con el demócrata Clinton que con los republicanos Reagan y Bush padre. El libro no contempla la experiencia con el actual inquilino de la Casa Blanca. Pero, a la luz de lo conocido, no parece haber muchas complicidades entre ellos. Tan es así, que los demócratas han tenido que salir en las últimas semanas en varias ocasiones en defensa de la independencia de la Fed y de su presidente ante los ataques de los republicanos. Desde hace algún tiempo se especula en EE UU con el nombre del sucesor de Greenspan, que vence su mandato como presidente de la Fed a mitad del año que viene. Su edad (cumple 77 años esta semana), el momento en que expira su presidencia (en plena campaña presidencial) y la incomodidad con la política económica de Bush son argumentos que conspiran a favor de la hipótesis de que podría dejar su cargo antes de tiempo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de marzo de 2003