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AMENAZA DE GUERRA | El debate en España

Traición

Hace poco, un corresponsal parisino me entrevistó inquiriendo las razones de la extraña conducta de Aznar. ¿Por qué actúa como un instrumento al servicio de los intereses estadounidenses? ¿Por qué se ha jugado la continuidad de nuestra política exterior? ¿Por qué se presta a hacer de submarino de Bush, en su intento de hundir la flota continental europea? Esto, en Blair, tiene sentido, dada la insularidad británica y la afinidad trasatlántica de los anglosajones. Pero en el caso de Aznar, su deserción no tiene lógica. ¿Por qué traicionar la confianza que los españoles y los europeos depositaron en él? ¿Qué o quién le autoriza a gobernar no en nuestro nombre -pues la opinión española jamás olvidará el desastre del 98: otra pseudoguerra inventada por el sensacionalismo estadounidense-, sino en el nombre del dios de las batallas de la extrema derecha republicana?

Primero improvisé una interpretación histórica. En realidad, Aznar está devolviendo la deuda histórica que Franco contrajo con Eisenhower, al entregarle las bases aeronavales a cambio de la protección yanqui que garantizaba su sobrevivencia en el poder. Así, mientras la oposición antifranquista confiaba en Europa para luchar contra el régimen, el franquismo se sentía seguro al saberse protegido por su padrino estadounidense. Y hoy Aznar devuelve la deuda contraída por la generación de sus padres. Pero hay más.

Tradicionalmente, el liberalismo español se divide en dos ramas enfrentadas. El liberalismo progresista de clase media ha sido jacobino y afrancesado: obra suya fue la Constitución de Cádiz, la Desamortización de Mendizábal, la II República y la Transición. En cambio, el liberalismo conservador ha sido oligárquico y anglosajón: la Restauración de Cánovas y las dictaduras de Primo y de Franco fueron su obra. De ahí que el aire de familia del régimen de Aznar, heredero de la tradición canovista, haya supuesto un vuelco histórico, al pasar del afrancesamiento jacobino de los socialdemócratas al liberalismo pro-anglosajón de la oligarquía conservadora.

Pero la historia no lo explica todo, por lo que ha de buscarse otra interpretación fundada no en el psicologismo -que permitiría atribuir la traición de Aznar a su mala sombra o su nefasto carácter-, sino en el cálculo de los intereses racionales. Aznar ha mirado el tablero, ha creído ver una jugada y ha apostado a ella todas sus magras cartas, confiando en que se acallen las protestas cuando administre el botín de guerra. Es un órdago digno de un jugador fullero, pues como ya no rendirá cuentas ante sus electores, lo único que se apuesta son las vidas y los votos ajenos. O como él suele decir: juguemos sin complejos -es decir, sin escrúpulos ni vergüenza-.

Pero como ya parece habitual en él, Aznar cometió un serio error de cálculo, que puede arruinar su traicionero golpe de mano. Y fue el de subestimar a Chirac, creyendo que podría empujarle a la guerra si actuaba como agente de su patrocinador estadounidense. Pero Chirac también ha visto su gran oportunidad, adivinando que al liderar la resistencia europea contra la guerra anglosajona podrá pasar a la historia como un héroe, enterrando definitivamente los cadáveres que aún guarda en su armario. Ahora bien, para que Chirac quede como un héroe, Aznar ha de quedar como un traidor.

¿Quién ganará? Se cruzan apuestas, pero intuyo que, pese a jugar con las mejores cartas estadounidenses, Aznar podría perder, pues el tiempo juega en su contra. Y no lo digo sólo por las inmediatas elecciones municipales, sino porque, antes de nombrar sucesor en el próximo otoño, Aznar tendría que haber obtenido algún fruto de su aventura bélica, pues no puede retirarse con su actual imagen de traidor. En cambio, el tiempo juega a favor de Chirac, que tiene toda su larga presidencia por delante y le conviene dilatar al máximo la invasión de Irak jugando con su poder de veto. Pero quién sabe: la última palabra es de Bush, no de Chirac, y mucho menos de Aznar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de marzo de 2003