Grandes jornadas las de esta semana para la Orquesta Nacional, que, con la Sociedad Coral de Bilbao, el Coro Nacional y las solistas Ana Camelia Stefanescu, soprano, y Susan Parry, mezzo, dirigió Josep Pons (Barcelona, 1957). Centro significativo de un programa inhabitual -como suelen ser los del maestro catalán- fue la interpretación del Réquiem de Gyorgy Ligeti (Transilvania, 1923), cuyo 80º aniversario ha sonado el mes de enero con dos programas del ciclo Música de hoy, 2003, asumidos por el Proyecto Guerrero y diversos solistas.
Ligeti se incorporó al estudio de Colonia en 1956 y allí inició su gran aventura dentro del campo de la electroacústica (Glissandi Pieza electrónica n.º 3, Articulación), que influyó largamente en su pensamiento sonoro a partir de una voluntad renovadora de la misma materia, pero también desde las concepciones especiales, temporales y formales.
El ochenta aniversario de Ligeti
Orquesta y Coro Nacionales. Sociedad Coral de Bilbao. Directores: G. Sierra, Steubing-Negenborn y Josep Pons. Obras de Mozart, Haydn y Ligeti. Auditorio Nacional, Madrid, 28 de febrero
Crea el autor un "continuo" sonoro transparente y sin retórica, distanciado de toda solución tradicional, y se da vida a invenciones sorprendentes (Atmósferas, Ramificaciones y, especialmente Lontano): la electroacústica alumbra las obras instrumentales o vocales.
Siempre en actitud evolucionista y sin desdecirse de estas experiencias que cuajaron en obra de sutilísima y mágica belleza, Ligeti nos muestra en su Réquiem algo muy distinto a las partituras de inspiración religiosa de Penderecki. Como tantos autores pretéritos, también Ligeti parece entender el texto de la Misa de difuntos a partir de su cimera y máxima tensión dramática: Dies irae. Cuanto antecede y sucede al tremendo Día de ira nos llega a modo de justificación del punto culminante. Las voces del coro se mueven en lo que el autor denominó "micropolifonía", o llegan, sin agobiante persistencia, al grito. Y la entera composición acusa una precisión sólo fruto de los procesos meticulosos en el "hallazgo" de la buena música que demanda: la revisión inconformista, el "volver a empezar" hasta que todos "los engranajes encajen con perfección".
La Sociedad Coral de Bilbao, que desde 1984 dirige un músico completo como es Gorka Sierra, hizo prodigios para que la versión planteada por Josep Pons alcanzara perfecciones de excelencia. Lo que habría que suscribir en el caso de las solistas, de todo punto dominadoras y ceñidas al espíritu y la letra de Ligeti.
Sobria expresividad
Antes, en formación clásica, la Orquesta Nacional expuso con sobria expresividad la Música para un funeral masónico, de Mozart, que data de 1785 y fue dedicada a la logia de Viena, y la hermosa Sinfonía nº 44, en mi menor, de Haydn, bautizada, no se sabe por quién ni por qué, con el sobrenombre de fúnebre, que apenas le conviene. Es cierto que la intensidad expresiva del adagio es un tanto doliente, pero de esto a lo funeral hay bastante distancia. En cualquier caso, se trata de una página madura y magistral del compositor austriaco inmediatamente anterior a la célebre Sinfonóa de los adioses, de 1772. Tuvo una versión limpia y transparente dentro de un cuadro estilístico que el director Josep Pons conoce y domina.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de marzo de 2003