Éste es el mensaje que ha lanzado la Casa Blanca al mundo al exigir, ya sin recato alguno, no sólo que Irak se desarme, sino que Sadam Husein sea depuesto. Sadam se merece caer, y ayudaría si lo hiciera voluntariamente. Pero al oficializar este objetivo, George W. Bush ha puesto en evidencia a sus compañeros de viaje, y el montaje de toda esta operación. Pues en esta crisis, las armas de destrucción masiva no son lo principal. Bagdad las tuvo (y en su fabricación colaboraron gobiernos y empresas occidentales), van apareciendo y se encontrarán más después. No cabe minimizar la amenaza de este tipo de armas en un futuro en el que se crucen con los terrorismos, aunque los ataques con ántrax en Estados Unidos siguen sin tener una explicación pública, y lo diabólico del 11-S fue que se logró una destrucción en masa utilizando como armas elementos civiles. Por no mencionar que otros países tienen tales armamentos, como Estados Unidos, o lo que deforma toda la ecuación regional, Israel. Pero Irak no representa ningún peligro inminente.
El recurso a las armas de destrucción masiva de Irak era la mejor forma, incluso la única, para EE UU de lograr un apoyo internacional en la ONU a su política. Pero, para resolver el problema de las armas, se encontró con que hay alternativas que no suponen el uso de la fuerza (aunque sí su amenaza): que los inspectores prosigan su trabajo. Los halcones del Pentágono ya le habían advertido a Bush del peligro de caer en lo que llamaron la trampa de la ONU, que en ninguna de sus resoluciones ha hablado nunca de cambio de régimen en Irak.
¿Qué busca, pues, la Administración de Bush? Ir contra un villano (Sadam), dado que no ha podido encontrar a otro (Osama Bin Laden); esconder los fallos de su estrategia contra Al Qaeda y de la guerra inacabada de Afganistán; convertir a Estados Unidos en potencia definitoria medio-oriental y centroasiática, con la vista puesta en Siria, Irán, Arabia Saudí, o para imponer una paz a los palestinos; intentar democratizar la zona (lo dicen y se lo creen). Y, claro, el petróleo y los intereses económicos y empresariales varios. Además, seguir rodeando a China. Y acabar con Sadam Husein -"el tío que intentó matar a mi papá", según el actual presidente de EE UU-, pues, tras su apuesta mal llevada que ha tenido en vilo al mundo durante meses, Bush no se puede permitir entrar en año electoral, 2004, con su malvado favorito en Bagdad. Ojalá lo estúpido resulte ser este análisis. Pues, a pesar del contratiempo turco, parece difícil pensar que si Sadam se desarma, desarmará diplomáticamente a Bush.
Washington puede estar anticipándose a un plan ruso por el cual Sadam Husein cedería completamente en el desarme y aceptaría la presencia de cascos azules. Lo que más puede influir en Bush -razón central para buscar el apoyo del Consejo de Seguridad- es cómo evolucione la opinión pública en Estados Unidos, y lo está haciendo en su contra.
En la búsqueda de lo que Aznar debe considerar una ocasión histórica para un pacto de hierro con Bush, ha eclosionado su thatcherismo reprimido, en el que se formó el llamado Clan de Valladolid sin percatarse de que la visión de Thatcher era no sólo discutible, sino británica, y no respondía a los intereses españoles. Como mínimo, y con la especial responsabilidad de España en el Consejo de Seguridad, Aznar podía haber jugado un papel inteligente, y discreto, de moderador de EE UU, o de puente entre Washington y Europa, y, sobre todo, entre los europeos. Pero no. Acabe como acabe todo, la política europea de España, las relaciones con Iberoamérica, y con los países árabes, y la situación interna habrá sufrido graves destrozos. William Pfaff ha alertado del riesgo para Estados Unidos: "Ganar una guerra y perder el mundo". También EE UU puede ganar su guerra y España perder su mundo.
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* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de marzo de 2003