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LA DESAPARICIÓN DE UN PERSONAJE INOLVIDABLE

Enamorados

Algunos escritores serios se tomaban a broma la obra literaria de Terenci Moix. Y muchos de sus innumerables admiradores populares veían en él primordialmente a la celebridad televisiva, al divulgador nostálgico del cine de las épocas doradas, al narcisista sentimental, al aparatoso enfant terrible, al fumador incorregible, al primer homosexual célebre que en este país habló abiertamente de su modalidad amorosa. La muerte es inoportuna para hacer juicios objetivos, ocupados los amigos y familiares de quien ha muerto en verter lágrimas y vencer el estupor que todas las muertes, por temidas o sentenciadas que sean, producen en los vivos. Pero no es mal momento para el arrebato subjetivo, una de las pocas armas de liberación humana que nos quedan frente al poder arrasador de Madame la Mort.

Cuando sólo era Ramón, Terenci irrumpió en las letras españolas de una forma nueva, iconoclasta, personal, exigente consigo misma, que ningún ulterior desdibujamiento, ninguna frivolidad cometida u obra menor publicada podrá desmerecer en el cielo de la posteridad, otro lugar donde nada pueden las artimañas de la muerte. Alguna vez se ha mencionado en memorias o artículos circunstanciales, pero nadie que desconozca aquella inicial época ramoniana de los últimos años sesenta y primeros de la siguiente década puede entender el profundo efecto de apertura cultural, de revulsión, de emancipación de caducos modelos artísticos operado entre los cinéfilos y escritores de su generación por ese joven barcelonés de poca estatura y ningún estudio universitario, carencias ambas que mortificaban su coquetería, aunque pocos de quienes caímos rendidos a su encanto y capacidad de fascinación las sintiéramos. Era casi imposible no enamorarse de Ramón-T. (su nombre de transición al terenci). La simpatía, el humor mordiente, la ocurrencia basada tanto en el disparate chismoso como en la sabiduría más sólida; características terencianas muy conocidas por todos. Conviene, sin embargo, insistir también en los valores, una palabra confundida, manida. Terenci Moix tuvo valor en numerosas actitudes y pronunciamientos.

Confesando públicamente en términos desgarrados sus desdichas eróticas con algún amante que le abandonó, y mostrando gozoso sus preferencias masculinas (que iban desde la fragilidad golfilla de Sal Mineo a los tiazos más rotundos del beefcake genuino, anterior a los anabolizantes), Terenci contribuyó como nadie al intento -aún en ardua vía de consecución- de situar la homosexualidad en un campo de igualdad social y naturalidad. También en el ámbito de la cultura catalana, satirizado brillantemente en su novela El sexe dels àngels, fue un representante muy singular de la rebeldía contra los nacionalismos paletos, excluyentes. Y quedan otros valores: los literarios. Ni la exagerada imagen mediática, ni sus ventas millonarias, ni el dolor o piedad de la muerte han de empañar el hecho de que Terenci ha escrito algunas de las novelas, memorias y libros de viaje más hermosos y duraderos de la literatura española del siglo XX. Lo recuerdo yo ahora y lo recordarán otros que -sin poder enamorarse de la persona- seguirán leyéndole.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de abril de 2003