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COLUMNA

Alicante y Valencia

Se habla con frecuencia de las relaciones entre Alicante y Valencia, pero la verdad es que el asunto interesa a muy pocas personas. La prueba es que días pasados, cuando se discutió sobre esta cuestión en Alicante, la prensa de la ciudad apenas dedicó unas líneas al debate. No es que los diarios alicantinos no se preocupen por cuanto ocurre en la población. Al contrario, Alicante posee una prensa local magnífica, donde cualquier suceso, por escasa relevancia que posea, es inmediatamente atendido por los reporteros. Si los diarios no hicieron caso de esta reunión es, sencillamente, porque consideraron que no tenía ningún interés para sus lectores, y no iban a perder el tiempo publicando una información que nadie leería.

Pese a los conflictos que el asunto ha suscitado en ocasiones, al alicantino no le inquieta la relación con Valencia. Entiéndase bien: al alicantino no le importa la relación con Valencia, como no le importa la relación con Elche, con Alcoi, con Orihuela, con Almoradí o con Elda, por poner algunos ejemplos. Con ninguna de estas poblaciones próximas, se ha esforzado Alicante en cultivar una correspondencia, unos lazos de afecto, un intercambio que fuera más allá de lo estrictamente comercial. La existencia de Elche, Alcoi, Almoradí, Orihuela o Elda ha tenido para Alicante una importancia exclusivamente administrativa, que le ha servido para saberse capital de provincia. Hoy, que las capitales de provincia han perdido mucho de su antiguo prestigio, el problema de Alicante es su propia identidad.

No entenderíamos del todo bien la ciudad si no advirtiéramos un hecho fundamental y algo paradójico, como es que el alicantino no existe. Sería muy raro encontrar en la ciudad familias asentadas en ella desde varias generaciones. De éstas, apenas quedarán unas docenas y su papel social es de escasa relevancia. Como ésta es una ciudad de inmigrantes, nos hemos inventado el alicantinismo como una forma de cohesión. Es evidente que si Alicante fuera una ciudad con alicantinos de toda la vida, el alicantinismo no hubiera prosperado como lo ha hecho porque no sería necesario. Y tampoco sería preciso cultivar esa preocupación excesiva por diferenciar las hogueras de las fallas, ya que aceptaríamos que las hogueras son una copia de ellas, sin que nadie se escandalizase por ello. Sin embargo, hemos elaborado toda una estética (¡) para explicar las sutiles diferencias que distinguen a un monumento de otro.

¿Que Alicante tiene razones para quejarse del trato recibido por Valencia? Desde luego, pero yo creo que la mayoría de ellas son cuestiones administrativas y sería a los políticos a quienes habría que exigir cuentas. Por cierto, deberíamos preguntarnos por qué no lo hacemos. El problema que plantean estas razones es que se han convertido en un tópico y están al alcance del primer demagogo que aparezca dispuesto a utilizarlas. Alguna experiencia tuvimos sobre esto años atrás. Si Alicante fuera una ciudad segura de sí misma, fuerte, con una clase dirigente emprendedora, estas trivialidades se vendrían rápidamente abajo. Si todavía existen, si se mantienen, es, sobre todo, porque somos una ciudad débil, indiferente. Y es que, en contra de lo que suelen afirmar interesadamente algunas personas, el problema de Alicante no es Valencia, sino Alicante misma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de abril de 2003