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Tribuna:

Culpas europeas

Cuando el poder es omnímodo, maldita la gana que tiene de ceder cuotas. Lo hace si no se siente seguro en el tiempo y en el espacio. Que a Estados Unidos le fastidie tener que pasar por el aro de un Consejo de Seguridad en el que algún país de quinto orden pueda frustrar con su voto el gran designio, es perfectamente lógico. Sin juicios de valor, no queremos introducir tales nociones en este artículo. Aquí ocurre lo que con un individuo, un voto. Aceptamos este alto concepto moral porque la práctica ha demostrado que dentro de lo malo es lo menos malo; pero a un ilustrado que está todo al corriente que se puede estar, no deja por eso de irritarle que un chambón que se nutre de los informativos de Urdaci y de los titulares de prensa del diario del bar, ostente el mismo privilegio: un hombre, un voto. ¿Una nación todos los votos? Si tanto nos encumbramos, nos damos de bruces con la dolorosa disyuntiva de la dialéctica democrática. El poder, a lo sumo, tratará de justificar el estallido controlado de la burbuja, inventándose coartadas o prostituyendo con mayor o menos sutileza el sentido de la premisa mayor.

En el campo de la acción, ni los gobiernos ni sus pueblos respectivos han alcanzado a Kant porque para que las ideas se transmuten en estados de conciencia, dos siglos no bastan. Terminada la segunda guerra mundial Europa se convirtió, de facto y gustosamente, en un protectorado americano; y tanto placer halló en la situación que se cruzó de brazos ante la idea de una defensa militar propia. Esta larga historia ha tenido sus pros y sus contras para ambas partes, así que ambas tienen mucho que echarse en cara pero con el paso del tiempo la situación geopolítica en el mundo ha ido cambiando. Hace unas décadas, casi nadie preveía un terrorismo mundial de dificilísima erradicación, dada la complejidad de los sistemas tecnológicos y la nada fácil identificación de terrorismo y Estados, por más que se quiera sustentar lo contrario. Y está China, de la que las cúpulas políticas estadounidenses y europeas no hablan por no alborotar todavía más el cotarro. Pero no se sacuden de la mente ese cada vez más tangible fantasma.

Estados Unidos posee el poder económico y militar, aparte de su convicción de que su idea del mundo y para el mundo es la que vale, en realidad, la única que garantiza el progreso humano. Pero contra un mundo musulmán hostil (la cuestión religiosa de fondo no es precisamente un factor anecdótico) más que una China físicamente indestructible a menos que se asuma el riesgo enorme de los daños colaterales a escala mundial, Estados Unidos necesitará a Europa y a la inversa. Pero entre dos hermanos, uno de ellos siempre es más igual que el otro. El Estado tecnológico por excelencia es USA, mientras the Continent (como norteamericanos y británicos llaman a Europa) todavía anda enredado con Kant. Con todo, el peso económico europeo es muy grande y su potencial científico tal que se permite exportar buena parte de sus cerebros al país hermano. Sea pues Europa y sea próspera y rica, pero sin una sola voz política y militar. Esto debe quedar claro y sin fisuras en las dos próximas décadas si las grandes amenazas emergentes han de ser neutralizadas. Así parece creerlo el Gobierno estadounidense.

No son fantasías futuristas, pues el terrorismo fundamentalista es ya un hecho algo más que incipiente y China sigue creciendo "fuera" y por lo tanto a salvo de las turbulencias económicas que afectan al resto del mundo. Crece y crece vertiginosamente y aplicando una fórmula tan sui generis, que sin hipotecar su economía a la globalización, consigue que este crecimiento les sea cada vez más necesario a sus rivales de mañana; una mañana que verán los ojos de quienes no sean demasiado viejos. Duele y repugna hablar así, en fríos términos de poder y con armas por medio. Hastía metafísicamente pensar que los fines de la era espacial serían perfectamente reconocibles por nuestros antepasados del arco y las flechas. Algo ha cambiado, no obstante. Los dioses o Dios todavía legitiman el uso de la fuerza, pero no la violación ni la muerte a cuchillo de toda una ciudad, hombres, mujeres y niños. Sin embargo, hoy más que ayer, todo gran designio puede verse frustrado por imponderables que acaso juegan la baza de lo que hay detrás del destino humano: o la extinción o la sumisión insensible a fuerzas impersonales sobre las que ya no es posible el control. Cuestión que merece un artículo aparte.

Estados Unidos cuenta con una gran baza a su favor: en su abrumadora mayoría, los ciudadanos de ese país se sienten estadounidenses y su patriotismo es tal que no admite ni muchas ni pocas chanzas. El "ciudadano" europeo, es patriota de Alemania, de Francia, de Holanda... Es el patriotismo de lo concreto más que el de las grandes abstracciones. Con todo, exagerar las diferencias, como hace Robert Kagan, no parece ser la idea más brillante del mundo. Reconocida la dejación europea, en modo alguno atribuible a una idea multicultural y multipolar, sino más bien a la confianza en la potencia bélica norteamericana; reconocida también la incapacidad de la UE para configurar una política exterior propia, habrá que regenerar el status quo en las relaciones entre ambas orillas. Hablar y hablar con las miras puestas en el entendimiento mutuo. Decir con Kagan que Europa se dedicó a construir un Estado de bienestar mientras Estados Unidos se gastaba el dinero en la creación de una gran máquina militar para la defensa de Occidente es una afirmación que, como poco, tiene que ser extensamente matizada. Así, y sólo para empezar, cabría decir que ningún país pobre e incluso en franca fase de desarrollo, puede permitirse el lujo de gastar en armas y a la vez dotar a su población de un nivel de vida razonable y buenos servicios sociales. Pero alcanzado cierto grado de desarrollo, como el estadounidense o el europeo, la ecuación queda profundamente alterada para, con los capitales "sobrantes", dar paso a factores que pueden resumirse en la frase "donde quito y donde pongo" sin por ello hacer peligrar el crecimiento y la seguridad. La ética deberá regir el juego. Y Kant sigue siendo tan europeo como americano, pese a coyunturalmente desgarradoras diferencias de matiz.

Manuel LLoris es doctor en Filosofía y Letras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de abril de 2003