Cuando va perdiendo, Javier Imbroda desafía a sus jugadores, mira el marcador con angustia y protesta al árbitro. Cuando va ganando, igual. Para el entrenador del Madrid de baloncesto no existe diferencia entre el fracaso y la gloria. La crispación se ha instalado en todos los estamentos del equipo, desde los jugadores hasta los aficionados, que tan pronto abroncan como animan, pasando sobre todo por Imbroda.
¿Por qué tanto sufrimiento permanente? Porque los altos mandos del club diseñaron un conjunto para aspirar a todo y ahora afronta cada partido de la Liga ACB como una final porque teme no clasificarse siquiera para la fase decisiva. Por eso, porque los grandes objetivos se han esfumado, Imbroda vive en el banquillo como en un potro de tortura.
Anteanoche, el partido contra el Joventut sintetizó la temporada del Madrid. O ridículo o heroicidad, sin términos medios. Antes de comenzar, Imbroda tenía la mirada perdida en algún punto mientras sus jugadores se calentaban. Calma aparente. Según avanzaba el choque, el sosiego derivó en tensión y rabia y, al final, con la mínima victoria, en un desbocado estado de euforia.
El Madrid comenzó bien. Imbroda atendía los ataques de su equipo sentado, mascullando algo con sus ayudantes. Pero, cuando había que defenderse, saltaba de la silla y gritaba hasta desgañitarse exigiendo la máxima concentración a sus jugadores. Era Manel Comas, su homólogo de enfrente, quien pedía los tiempos muertos para reparar los desaguisados del Joventut. Imbroda los aprovechaba para sacar la pizarra a los suyos. A Victoriano, para que hiciera circular mejor la pelota; a Herreros, para que no se distrajera en los marcajes; a Alston, para que se mostrara poderoso bajo el tablero... Ellos asentían.
En el segundo cuarto, el desastre. El Joventut se paseaba: sin igual en el ataque, sin resistencia en la defensa blanca. Los madridistas, compungidos, ya no miraban a Imbroda, sino al suelo y aceptaban sus órdenes como robots.
Llegó el descanso y el público ya no pudo contener su frustración. Silbó e incluso pidió la dimisión de Jorge Valdano, director general deportivo del club. Pero después se renovó la valentía del Madrid y fue arañando los puntos. El preparador melillense se alió con la toalla porque sudaba a chorros. Gesticulaba con los ojos fijos en Mumbrú, gritaba sin perder de vista a Reyes... Al árbitro le abrumó. Se le hinchaban las venas del cuello. Finalmente, Victoriano logró el triunfo. Imbroda señaló al base argentino, brazo extendido, gesto marcial. Satisfecho. Ganó el Madrid. Él volvió a agonizar.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de abril de 2003