Aznar acusó a la oposición de arrojar las víctimas de Irak al suelo del Congreso para obtener ganancias políticas. No creo que sea necesario recordar de qué manera ha arrojado él otras víctimas, las de aquí, las nuestras, para manejar mal sus ambiciones de partido. Las ha organizado, centrado, subvencionado, enmedallado y sacado a la calle; las ha rodeado de discursos y de pensadores, las ha dado emblemas y gritos de consigna. Es evidente la razón de fondo: el terrorismo es ese dolor, esa orfandad, esos cuerpos destrozados por una infamia pequeñoburguesa como es el nacionalismo fragmentario llevado a la muerte del inocente; las ha utilizado para suspender periódicos y borrar partidos. Querría que los otros, ahora, no se fijaran en las víctimas del terrorismo uniformado, disfrazado de legalidad, con el que se mata en Irak como se mató en Vietnam o en la lejana Corea, que nunca más ha dejado de sufrir, como en Afganistán. Apenas comprende que la oposición a la guerra de Irak en un país como éste sólo tiene un móvil, que es protestar contra el crimen.
Las mismas personas que salieron con las manos pintadas de blanco en todas las ciudades son las que salen con los carteles rojinegros y las banderas republicanas: no quieren la muerte del inocente. Su exasperación es mayor porque esta vez el que está en el lado de la muerte es su jefe de Gobierno, y sus temblorosos amigos, que no sólo ven perdidas las elecciones sino su carrera. A nadie le ha importado Sadam, ni el régimen dictatorial, ni el pasado de 1991, sino este destrozo de vidas a cuya ficción de legalidad, de razón, de encubrimiento de "seguridad" hemos contribuido nosotros por la voz de Aznar, y no merece la pena citar la de Chencho Arias y la de Ana Palacio porque son gramofónicas. Quisieron engañarnos, y decirnos que las bombas sólo atacarían centros de combate, que su precisión era absoluta; y este partido, éste que se ve en tanto apuro político y futuro desolado, estaba quizá seguro de que sería así. Si Aznar hubiera intuido el desarrollo de los acontecimientos no hubiera hecho lo peor. Si hubiera sabido cómo iban a ser las víctimas y cómo iba a ser él una víctima incruenta. No deja de ser dramático que la mayoría de los españoles lo vieran antes de que la matanza empezara y sólo él y su entorno los que no se enteraran. Aún no lo saben.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de abril de 2003