El Ejército iraquí limpió la carretera de cadáveres y enseñó ayer a los periodistas el carro de combate estadounidense que, el día anterior, había caído en sus manos. La batalla se había librado el sábado ahí precisamente, a menos de cinco kilómetros del centro comercial de la ciudad y a cinco o seis kilómetros también de los hoteles donde se encuentran alojados los periodistas extranjeros. Pero poco o nada contó de ella el ministro de Información iraquí, Mohamed Said al Sahaf, ese mismo sábado. No dijo que las tropas estadounidenses se habían paseado durante varios kilómetros y varias horas por el interior de la ciudad.
La familia Yusef no los contó, pero asegura que toda la calle estaba plagada de cadáveres
"Cada vez que no demos en el blanco, el tiro puede caerles a ustedes"
Tampoco habló de los cientos de soldados -1.000, según el Pentágono, aunque otras fuentes aseguran que fueron el doble o el triple- que fallecieron en esa incursión. Al contrario, organizó un convoy de periodistas hacia un barrio palestino que había sido afectado por las bombas, aunque sin ningún muerto, y dijo que el aeropuerto internacional Sadam Husein estaba bajo control de Irak. Sin embargo, la familia Yusef, compuesta por cuatro mujeres y un chaval de 17 años, lo vio todo.
Su casa estaba en el propio frente de batalla, en el camino que los estadounidenses escogieron para abrirse paso hacia el aeropuerto. "Ocurrió entre las seis y las ocho de la mañana del sábado. Durante todo ese tiempo no dejaron de sonar los cañones. Los carros y blindados estadounidenses pasaron delante de nuestra casa de camino hacia el aeropuerto. Había muchísimos soldados iraquíes muertos". La familia Yusef no los contó, pero asegura que toda la calle estaba plagada de cadáveres. "Había cascos, botas, armas, todo esparcido por el suelo. Y mucha sangre". La casa de los Yusef se encuentra a un lado de la carretera que va desde Basora al aeropuerto internacional de Bagdad. Enfrente de la casa está la central eléctrica de Dora, conocida en todo Irak. Y al lado de la central, a lo largo de varios kilómetros, hay unos 30 bloques de pisos a medio construir, aparentemente de civiles. "En esos bloques de ahí enfrente", comenta una mujer de la familia, "está emboscado el Ejército iraquí". "Un día antes de la guerra tomaron todos esos pisos y desde entonces se han mantenido ahí ocultos. Ayer dispararon desde ahí a los americanos", explica.
Mientras la familia hablaba ayer con los periodistas, dos militares iraquíes llamaron a la cancela y entraron en la casa. "Señora, mejor será que desaloje la vivienda. Por esta carretera probablemente van a continuar pasando los americanos. Nosotros les vamos a disparar desde allí enfrente. Cada vez que no demos en el blanco, el tiro puede caerles a ustedes".
La mayoría de los vecinos de esa acera ya se fueron. Y la familia Yusef seguramente lo hará mañana. Si aún no se habían convencido, el paisaje que quedó después de la batalla, a pesar de haber sido limpiado de cadáveres, tal vez les ayude a convencerse. A pesar de que la carretera estaba ayer abierta al tráfico, había zonas llenas de morteros quemados, de ristras de balas abrasadas, por donde era imposible transitar. Los coches tenían que reducir la velocidad y pasar por el otro lado de la carretera.
Había, por supuesto, un tanque norteamericano destruido. Varios fedayin y militares iraquíes cantaban encima del aparato con sus armas: "Sadam, por ti daremos el cuerpo y el alma". Decenas de periodistas captaban la escena. El Ministerio de Información, después de haber metido a los periodistas en tres autobuses, decidió que lo más seguro era llegar hasta allí en automóviles particulares. Y allí estaba todo el mundo grabando a aquellos milicianos que cantaban sobre las ruinas de una de las armas más emblemáticas de la tropa estadounidense.
De pronto se oyó un avión volar por encima y todos, periodistas y soldados, corrieron en desbandada. Viendo que nadie atacaba, volvieron de nuevo soldados y periodistas alrededor del tanque. Pero de nuevo se oyó el avión sobrevolando el lugar. Y de nuevo se produjo otra desbandada.
Había un carro de combate estadounidense quemado, sí, pero eran decenas los cañones antiaéreos, camiones, taxis y hasta tanquetas de las tropas iraquíes arrasadas.
Las bombas y los misiles estadounidenses tampoco pararon ayer de alcanzar objetivos. El centro de telecomunicaciones de la Torre Sadam fue demolido por completo. Ya había sido alcanzado dos veces en los días anteriores. Pero esta última lo dejó como si fuese una inmensa caja de cerillas arrugada en medio de la ciudad. También cayeron bombas sobre la calle Sadum, una de las más céntricas y comerciales, a pocos minutos en coche desde donde se alojan los periodistas.
Durante la tarde, las bombas volvieron a oírse en el centro de la ciudad. Las distancias entre los dos ejércitos se han estrechado. Si hace una semana eran las baterías antiaéreas y las bombas las que copaban el escenario bélico, ahora el tableteo de las ametralladoras resuena por toda la ciudad.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de abril de 2003