Esta mañana, apenas despierto, salí a la calle a comprar un cartón de leche y el periódico. Nada hacía presagiar lo que se avecinaba. Cometí el error de pasar antes por el quiosco que por el mercado. Me encontré con la foto de Alí, mirándome. Compré el periódico y me senté en el portal más cercano y nos miramos, Alí y yo. Miraba a Alí y miraba a mi alrededor: la ciudad se despertaba.Yo también. Un segundo más tarde todo se mezcló en mi cabeza. Quise gritar a los que, aún dormidos, esperaban el verde del semáforo, quise llamar a un amigo, quise ir a hablar con Aznar, con Zapatero, con mi portera..., pero no pude hacer nada y empecé a llorar. Algo había pasado. Media hora más tarde caminaba hacia la universidad con el corazón y el estómago vacíos. Con el devenir del día me fui sumergiendo en mis costumbres, mis clases, mis amigos, mi trabajo, mi tren de vuelta a casa..., pero conmigo todo el día la pregunta: ¿en qué hemos fallado?, ¿en qué han fallado la ONU, el Gobierno, la oposición, los medios, Bush, Sadam, mi portera..., en qué he fallado yo? Con todo esto, con Sadam y mi portera, con Bush y conmigo bien mezclados en la cabeza, me pregunto: ¿en qué hemos fallado, Alí...? Perdón, Alí.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de abril de 2003