El 30 de marzo, Sergi Pàmies decía en un artículo que a la salida del cine una mujer le había abordado para recomendarle con entusiasmo que viera Soldados de Salamina. Esa mujer que salía de la primera sesión el día del estreno era yo. Mi euforia se debía, aparte de las bondades de la cinta y de la novela que la inspira, al hecho de que la historia se desarrolle en gran parte en mi ciudad. Ver a Lola Cercas / Ariadna Gil pasear y cruzar el Pont de Pedra o el de las Peixateries Velles me trajo muchos recuerdos: las múltiples visitas a la Librería 22 para conversar con Guillem; las cenas interminables en el Núria, el Bistrot o una muy reciente en el Boira, sobre el Onyar, con mi amigo Quim Curbet y el archivero Ramon Alberch y su esposa. O la imagen de Dolors Vidal, compañera de claustro de la protagonista, dejándole el coche para que vaya al Collell, y, de pronto, el sonajero descuidado en el asiento que me hizo recordar a Pime, Nina y Josep, los hijos de Dolors. Ver en los rostros de algunos personajes a conocidos fue un ejercicio emocionante.
Lo reconozco, mi entusiasmo rebasaba los límites de la novela y de la película. Salí de la sala con unas sensaciones e imágenes que sólo mis antiguos conciudadanos pueden compartir. Gracias Javier, gracias David.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de abril de 2003