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Crítica:

Paraíso frustrado

El año 2051 es dominado por un universo virtual. Los peores augurios medioambientales se han confirmado. Éste es el mundo que presenta Luis de Ángel.

Como sugiere el título se nos hablará de un mundo en que la naturaleza ha desaparecido. Constituida por un diario que su protagonista escribe en un año que, suponemos, es 2051, se trata de una mezcla de ciencia-ficción y política ficción, o, dicho claramente, que estamos ante una distopía: todas las tendencias negativas de nuestro tiempo acentuadas al máximo han adquirido una total hegemonía. La narración se ubica en territorio árabe-israelí pero no se habla del conflicto actual. Los más pesimistas augurios medioambientales se han confirmado mientras los ciudadanos son víctimas de un poder impersonal y omnímodo. La naturaleza casi no existe y se ha desarrollado el universo virtual. El contraste entre el mundo en que viven los personajes y el mundo del recuerdo es lo más interesante. Creo que esta nostalgia por un pasado amable, las escenas cómicas que se producen en una discoteca holográfica y las evidentes relaciones, explicitadas en el texto, con la novela de Bioy Casares La invención de Morel, dando lugar a algunas reflexiones literarias, es lo que hace que la novela se mantenga en pie por encima de las intenciones del autor que, cuando se pone serio, quiere convertirla en una advertencia sobre el terrible futuro que nos espera. Una lección de catastrofismo utópico que nos parece frío y confuso.

BISONTES MUERTOS

Luis de Ángel

Montesinos. Barcelona, 2002

108 páginas. 7 euros

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 19 de abril de 2003

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