Anna-Kazumi Stahl (Luisiana, 1962), de madre japonesa y padre estadounidense, acaba de publicar su primera novela en castellano, Flores de un solo día (Seix Barral), en la que explora el problema de la identidad y de la mezcla de culturas. Lo hace a través de Aimée Levrier, una niña de ocho años, y de su madre, Hanako, muda y de origen japonés, que se ven obligadas a trasladarse de Estados Unidos a Buenos Aires. Años después, la niña tiene que descubrir el misterio de su origen anclado en la Segunda Guerra Mundial con las únicas pistas que le ofrece su progenitora.
Pregunta. ¿Qué ha pretendido con Flores de un solo día?
Respuesta. Quería explorar el tema de la identidad frente a dos desafíos; uno, el que se le puede presentar a una persona que tiene más de una cultura de origen, y el otro, el que surge cuando uno se enfrenta a la situación de recuperar cosas del pasado. El reto principal es el primero, el de la identidad frente a la multiplicidad de culturas y cómo cada una de ellas configura el carácter del individuo.
P. ¿Hay muchos elementos autobiográficos en el personaje de Aimée Levrier?
R. Tan sólo la cuestión de la identidad, el resto de las circunstancias, incluso el trayecto que tiene su vida, es bien diferente al mío, por más que ella haya residido en los mismos sitios que yo. Ella vive los traslados de un país a otro como víctima, y cuando se convierte en adulta tiene que volver a entender lo que le pasó durante la niñez. En mi vida, al contrario que el personaje, mis traslados a otros países han sido voluntarios. A través de la figura de Aimée quería investigar otras cosas que no tienen que ver con mi persona. Las herramientas que tenemos para construir nuestro yo, como son el nombre, la nacionalidad o el país de origen, sirven como componentes de la identidad, pero no son suficientes para configurarte como individuo. La niña es una persona que a los ocho años se traslada a vivir de los EE UU a Argentina y, a partir de esa edad, vive una segunda niñez. A los 35 años, se ve obligada a abrir una puerta al pasado. He querido contar la historia de una mujer que tiene el coraje de enfrentarse a su historia, a su pasado.
P. ¿Explora a través de Hanako otras vías de comunicación?
R. Quería ver con ella otro tipo de plenitud, otra manera de comunicarse sin palabras. Ella vive al margen de ese mundo de la voz. No necesita de las palabras como herramienta, pero tiene ciertos poderes reforzados. Ella se encarga de realizar a diario el Ikebana. Arma las flores todos los días, de ahí el título, que debe referirse a lo efímero, pero también a la abundancia. Hanako, viviendo fuera de las palabras, tiene una sensibilidad mayor para percibir lo que ocurre en el mundo exterior.
P. ¿Qué le llevó a elegir Nueva Orleans y Buenos Aires para desarrollar la novela?
R. Son dos lugares en los que he vivido y su conocimiento me permitía dar mayor credibilidad a mi trabajo. Además, la mezcla de culturas en ambas ciudades es importante.
P. Proviene de una cultura anglosajona y, sin embargo, se ha introducido en la literatura en castellano.
R. Me resultaba diferente, y ello me servía de gran estímulo para iniciarme como narradora. Fue un desafió a mis carencias. Estudié en inglés, soy apasionada lectora en mi idioma natal, pero cuando escribía en inglés prestaba mucha atención al lenguaje. Cuando estudiaba para preparar la tesis sobre la influencia de las minorías en la literatura empecé a escribir en castellano. Reconozco que no poseo tantos recursos estilísticos y retóricos, pero esa misma estrechez resultó que me ofrecía otra oportunidad, la manera de enlazar el proyecto para el tipo de narración que yo deseaba, y ello me resultó muy refrescante. Tuve que afrontar desafíos para ir al grano de los temas. Como narradora, mis carencias me han permitido ampliar la óptica sobre los problemas, la disposición de personajes y conflictos. En inglés prestaba más atención a la cuestión formal del lenguaje. Cuando escribí el libro de cuentos Catástrofes naturales (1997) me di cuenta de que el castellano me permitía mayor inmediatez. Y lo constaté cuando comencé a construir la novela.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 30 de abril de 2003