Las asociaciones gitanas nacieron para ser el instrumento que debía gestionar a voz en grito las necesidades de una comunidad discriminada. En cambio, y según opinan gitanos que han destacado en la historia valenciana de este movimiento, han llegado hasta hoy en una situación de profundo estancamiento. Estas asociaciones siempre se antojaron necesarias para los más de 50.000 gitanos que hoy viven en la Comunidad Valenciana. En el tardofranquismo, y después de que el régimen los hubiera perseguido, la iglesia se decidió a tutelar a los calós. "En mayo de 1968, ahora hace treinta y cinco años, se crea el primer grupo reivindicativo de la causa gitana en Valencia", explica Paco Hernández, el tío Paco, uno de los iniciadores del llamado "movimiento gitano". Se trataba de orquestar la voluntad de gitanos concienzados a través de payos influyentes e igualmente concienzados. "Formábamos parte de una obra social eclesiástica; pero con el advenimiento de la democracia, la misma iglesia nos empujó a constituirnos en una asociación civil", explica. Pronto se puso en marcha la Asociación Gitana de Valencia, ubicada en la Avenida de la Plata. "Inicialmente, era mixta, de payos y gitanos", indica Hernández; "pero aquellos payos universitarios que habían ayudado a alumbrar el movimiento fueron alejándose a medida que el asociacionismo fue tomando cuerpo". "Era lo natural", opina el tío Paco, "pero creo que nuestros caminos se separaron cuando aún no estábamos preparados para gestionar nuestro propio destino".
El movimiento gitano ha olvidado las denuncias porque vive de las ayudas públicas
La deficiente aplicación de las subvenciones ha hecho un problema de lo que era una solución
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Con la creación del Decreto del Desarrollo del Pueblo Gitano, se establece a lo largo de los ochenta la concesión de subvenciones a las asociaciones. Pese a que siempre han sido modestas, estas subvenciones se convierten en la base para crear puestos de trabajo vinculados al asociacionismo. Y lo que debía ser la solución, acaba, por deficiente aplicación, convirtiéndose en un problema. "Con este sistema se establecen dos parámetros", explica Ricardo Borrull, el primer gitano valenciano que se convirtió en docente, y que, entre los años 86 y 89, estuvo al frente de la secretaría de la Comisión para la Promoción y Desarrollo del Pueblo Gitano, que dependía de la administración socialista. "Por un lado", opina Borrull, que hoy está desvinculado del asociacionismo, "una parte influyente del movimiento se arrima claramente al partido político que manda; por otro, los políticos comprenden que pueden mantener callado a todo un pueblo ofreciendo recursos a algunos de sus miembros, y empiezan a tratar a sus representantes como floreros". Lo que ha sucedido desde entonces, según Borrull, es lo siguiente: "la reivindicación y la denuncia se acabaron y el movimiento gitano depende totalmente del poder; en distintas asociaciones de Valencia, los estatutos genéricos no se cumplen, ya que no se celebran asambleas periódicamente, no se llevan a cabo elecciones democráticas ni se presentan cuentas o se informa de programas a los socios". Ricardo Borrull insiste en que "se transmite una sensación de opacidad, de posturas caciquiles; esto genera desconfianza en todos aquellos gitanos que no dependen de las asociaciones". Este docente caló piensa que "pese a que el chabolismo gitano prácticamente se ha erradicado, y la escolarización de los niños entre seis y doce años es total, hay asociaciones que siguen basando su petición de recursos en la situación de los excluidos; la paradoja es que estos recursos no llegan eventualmente a aquellos que están extremadamente necesitados, sino a gente a la que no le hace tanta falta". Según Borrull, la gran cuestión es: "los programas de inserción laboral son la base activa de las asociaciones, pero se aplican sin transparencia, sin continuidad y sin seguimiento real de las posibles colocaciones. Así pues, pierden la efectividad colectiva. Y tampoco se trabaja en ningún sentido para dignificar la imagen de los gitanos, que, en mi opinión, debía ser esencial en el movimiento".
Pese a que puedan discrepar de la contundencia de Borrull, también muchos calós identificados con las asociaciones valencianas ponen en tela de juicio su estado actual. Por ejemplo Juan Roige, el tío Juan, que preside la Asociación Gitana de Valencia desde los años ochenta. "Estamos adormecidos", dice. "No se convocan asambleas porque no acude nadie", opina, "y los programas de inserción laboral son demasiado cortos -duran seis meses o un año, excepto las escuelas taller, que alargan su función a dos años- como para que obtengan un rendimiento razonable". "Creo que la administración debería vigilar más el sentido de sus subvenciones", opina, "y que en poblaciones con un buen número de asociaciones, como es Valencia, que tiene cerca de veinte, debería haber representantes municipales gitanos que controlaran qué hacen estas entidades, y así se sabría quien trabaja y quien no". Paco Hernández, a su vez, recuerda un ejemplo que refleja, a su juicio, la perplejidad de la situación: "Hace unos años, en una reunión con asociaciones, yo dije a los presentes que si algo me atemorizaba, era que ese movimiento que yo ayudé a crear acabara siendo un motivo de vergüenza para mi nieto. Yo creía que iba a darse una reacción airada", pero para su sopresa, ·todos aplaudieron".
Presencia política
Manuel Bustamante fue elegido diputado por el PP en la última legislatura, lo que le convirtió en el primer diputado autonómico gitano. Ahora vuelve a formar parte de las listas del PP en el número 24. Bustamante proviene del movimiento asociativo, y sí cree que este mundo cumple su cometido. "Hemos pasado de planes de subsistencia a gestionar planes de inserción laboral que desembocan en una incidencia laboral del 33% del alumnado", explica. Pero hay representantes asociativos que opinan que debería haber llevado a las Cortes más temas específicos de su colectivo. "Respeto eso, pero yo, entre otras cosas, he hecho de engranaje de las asociaciones con los políticos y he participado en comisiones que afectan a mi pueblo. Opté por demostrar que un gitano puede cumplir con su obligación en las Cortes como otro diputado no gitano", explica, "y espero haberlo logrado".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 2003