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Fotonoticia:FIRA DEL LLIBRE

Libres, con libros y diversos

No se puede negar que el sector del libro anda revuelto y confuso y no, precisamente, por los posibles cambios políticos que alumbren las próximas elecciones, sino, más bien, por lo contrario: el efecto sostenido y aparentemente irresistible de ciertas tendencias que, como en otros sectores de la economía, han llevado a un proceso de concentración de las empresas, a la desregulación de hecho de sus actividades y a la extrema fragilidad -y alta tasa de defunción- de los actores más modestos del cuadro: la pequeña y mediana librería y la editorial modesta.

Renunciamos a desentrañar, en el espacio de un artículo, el juego de grandes intereses que han consolidado esta situación, pero no queremos que se nos escape el hecho, a nuestro juicio, más relevante: del mismo modo que las fusiones bancarias (o, al contrario, la multiplicación de empresas de telefonía) no han traído un mejor servicio al cliente, la transformación radical del panorama de la edición, distribución y venta de los libros, tampoco ha mejorado el tráfico cultural ni, con la probable excepción de las redes informáticas y el comercio on-line, una mayor comodidad para el lector: el libro, que es una mercancía, siempre será algo más.

Para no hacer más grande el desconcierto conviene discernir, con toda franqueza, en qué puntos puede haber cierta coincidencia de intereses de los diversos sectores del libro y en qué ámbitos se da una visible discrepancia. La absoluta libertad de horarios, beneficia a las grandes superficies, la venta directa por las editoriales, perjudica a los libreros (a los distribuidores y a los mismos autores, a quienes se impone una liquidación porcentual basada en el nuevo precio, naturalmente más bajo), las prácticas preferenciales de distribución, retardan la llegada de las novedades a las librerías de ciudades y barrios, la distribución mixta de libros y otras mercaderías, fomenta las bajas calificaciones profesionales y la irresponsabilidad, la constitución de grandes conglomerados empresariales que crean y mantienen su propia cuadra de autores, sus medios promocionales y de edición y hasta sus redes de distribución y venta directa puede ser, a medio plazo, el desencadenante de una pérdida radical de diversidad.

El cuadro es inquietante, al menos para el sector más modesto de la creación, el estampado, la circulación y la venta de libros. La celebración, en invierno y por segundo año consecutivo, del Saló del Llibre Valencià y las facilidades concedidas a nuestros editores, demuestra que las ayudas oficiales pueden ser muy útiles cuando llegan con alguna generosidad y, sobre todo, puntualidad.

Que ni en materia de horarios o de precio fijo hayamos visto otra cosa que la frecuente vulneración de las normas por quienes pueden hacerlo con ciertas dosis de impunidad, no nos debe llevar a pedir la supresión de los semáforos para el tráfico o de los controles sanitarios en los mataderos. Junto a la libertad de comercio, expresión e imprenta, los poderes públicos vienen obligados a velar por el juego limpio y la libre competencia de todos.

La librería se ha visto arrastrada, como otras formas de comercio tradicional, por esa tendencia que suprime las tiendas de los barrios, los pueblos y los mismos centros históricos y las sustituye primero por oficinas bancarias y luego, tras la correspondiente reducción de plantilla, por hamburgueserías, inmobiliarias y tiendas de pingos de calidad indecible. Se puede luchar contra la fealdad y en las sociedades humanas no hay procesos fatales. Las librerías más accesibles son espacios privilegiados para el goce cultural, pero es un hecho que apenas se aprovecha esta capacidad y que, con independencia de los actos de presentación, coloquio o animación lectora que cada librero organice, dentro o fuera de la librería pero siempre a través de ella, otras instancias y los poderes públicos no se sirven de la librería como verdaderos circuitos de difusión de campañas e iniciativas culturales. Es una capacidad que se desaprovecha sistemáticamente.

Para que la librería siga siendo escaparate de libros de poesía, rarezas bibliográficas o ediciones locales, ha de asegurarse su viabilidad como ente económico: unos mínimos beneficios con la venta puntual de obras de tirada grande y existencia publicitada que ahora llegan al librero con menos facilidad y comodidad que antes. En vísperas electorales la boca de los candidatos se llena de alusiones a la sociedad civil que, supuestamente, debe ser sólida, madura y amparada por todo tipo de redes de interés compartido tejidas con libertad y firmeza, en las que la cultura libre y el libro diverso e incitador tienen un papel vibrante. Detestamos encarnar la visión pesimista, pero el estado actual del comercio del libro no garantiza estas sencillas premisas.

En un pasado reciente distribuidores, a veces, guiados casi con exclusividad por el mero afán de lucro y, a veces, de una honradez no del todo contrastada, traficaban con libros prohibidos por la Dictadura que, ocultos en la rebotica, emergían en el momento propicio y con el precio sospechosamente dilatado para atender afanes inconfesables, tendencias prohibidas, refinadas pasiones del buen cliente. Una vez más los vicios privados eran fuente de toda suerte de prosperidad y público beneficio. También aquí, el lector emancipado de su condición de consumidor puesto sobre vías trazadas, tiene algo que decir y sea en forma de clara manifestación o de palabra al oído, tendrá en el librero a su confidente.

Glòria Mañas es presidenta del Gremi de Llibrers de València

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 2003