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AUTOMOVILISMO | Gran Premio de España de Fórmula 1

"Los aficionados han sido mi séptima velocidad"

"Haga lo que haga en adelante, jamás olvidaré esta carrera", proclama un emocionado Alonso

A Adrián Campos, mánager, amigo, confidente y protector de Fernando Alonso, le preguntaban el día anterior a la carrera de Montmeló: "¿Qué haría Fernando con un Ferrari?". Y contestó: "Pues... no le verían el pelo". Pese a todos los intentos que se hacen desde su entorno para rebajar la euforia, los hechos se niegan a admitir que Alonso no pueda aspirar a todo.

"Reconozco que éste ha sido el momento más especial de mi trayectoria. Mirar las gradas y ver la bandera de España y la de Asturias ha sido demasiado. Haga lo que haga a partir de ahora, nunca olvidaré esta carrera". Cumplidas las obligaciones marcadas por la organización, Alonso se colocó así, con esa declaración de principios, frente a un pelotón de periodistas españoles.

"Sigo pensando que aún no estamos para subir siempre al cajón. Pero esta vez me ha sido fácil"

Se atropellaban las preguntas: el momento del adelantamiento a Ralf Schumacher; su entrada en la meta; su tercer podio, esta vez en el segundo peldaño... Alonso quiso frenar de nuevo una euforia imposible de frenar: "Sigo pensando que aún no estamos para subir siempre al cajón", reflexionó antes de revelar que sólo en las dos últimas vueltos vio claro su triunfo, su segundo puesto: "Los aficionados han sido mi séptima velocidad. Ésta ha sido una carrera para enmarcarla. Me ha resultado fácil ir el segundo, entre los dos Ferrari. Iba muy tranquilo".

A unos metros de Alonso, Campos también intentaba poner adjetivos a la proeza. Recordó los tiempos de Minardi, cuando su corredor se desesperaba agazapado en un equipo pequeño, uno más de tantos pilotos casi anónimos: "Antes de la primera carrera, esto era impensable. Con todo lo que sufrió Fernando en Minardi, poder levantar la mano para decirle a Ralf que se quitara, que le diera paso, que no le molestara, ha sido uno de los sentimientos más brutales que hemos vivido".

Minutos antes de las dos de la tarde, del inicio de la prueba, José Luis Alonso, el padre de la criatura, aseguraba que una quinta plaza sería un triunfo. "¿Dónde hay que firmar?", preguntaba con la boca pequeña. Luego, tras la nueva proeza de Fernando, permanecía en un segundo plano mientras su hijo hablaba con unos y otros. Vio la carrera como siempre, en el motorhome, el recinto habilitado como restaurante y lugar de descanso de los miembros del equipo, lejos del mundanal ruido. Junto a él estuvo Campos, que de vez en cuando se asomaba a los talleres de Renault, donde el grado de excitación fue brutal.

Durante los días anteriores a la carrera se habló, y no se paró, de los problemas de velocidad del Renault, muy inferior en caballos no ya a los equipos punteros, sino a otros de menor nivel. Desde la marca francesa aseguran que pronto harán más potente al monoplaza dotándole de hasta 40 caballos más. "Estamos trabajando en ello y, entonces, ya veremos", dijo Alonso, a quien la afición empieza a acostumbrarse a verle con los mejores. "Y ése no es nuestro sitio", insiste él pese a los tres podios que acumula esta temporada.

La afición, ayer, los 96.000 espectadores que se presentaron en Montmeló, asistieron a la exhibición del asturiano, al que, sin excepción, todos señlan como el heredero de Michael Schumacher en el circo.

Así debió de pensar también aquel aficionado que, al final, cuando Alonso entraba en el motorhome llevado en volandas por sus ayudantes, gritó: "¡Viva la madre que te parió!".

No lejos de allí estaba Ana, la madre que le parió y que no ha abandonado su trabajo en el Corte Inglés de Oviedo pese a que su hijo, a finales de año, recibirá los tres millones de euros de su contrato. Ana vio la carrera desde un reservado, acompañada de su hija, Lorena, y de Rebeca, la novia de Fernando.

"El Papa está en Madrid, pero Dios está aquí y es asturiano", se oyó en medio de aquella colmena de reporteros, ayudantes de Alonso, ayudantes de los ayudantes y aficionados varios que esperaban al héroe, el mismo que dos horas antes, cuando quedaban apenas diez minutos para que comenzara la carrera, se fue andando, tranquilo, como siempre, hacia su refugio para hacer sus necesidades. Alli vio a su padre, quien, también tranquilo, como siempre, le preguntó: "¿Qué tal, Nano?". "Yo, muy bien. ¿Y tú?", le respondió.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 2003