Sólo quedará esto: dos imágenes en apenas diez minutos. Primero una volea imparable de Luis Enrique que trazó una línea en diagonal que para mayor efecto estético acarició la base del poste izquierdo del portero. Y luego el rastro que dejó Kluivert, que sirvió el primer gol al asturiano y el segundo a Overmars, que se quedó sólo ante Segura y le coló el balón entre las piernas. Quizá no merecía esa suerte el Rayo Vallecano, que ignoró su condición de colista y tuteó una hora larga al Barça hasta el punto de lanzarse al ataque en busca de la sorpresa. Pero los azulgrana se temieron lo peor y reaccionaron en el tramo final viendo que se les escapaba ese objetivo tan menor que es pelearse con un pelotón de equipos para atrapar su clasficación para la Copa de la UEFA que tiene cada vez más cerca: a un solo punto.
BARCELONA 3 - RAYO VALLECANO 0
Barcelona: Víctor Valdés; Gabri, Puyol, Frank de Boer, Sorín; Overmars, Cocu (Mendieta, m.63), Riquelme (Gerard, m.71), Luis Enrique (Rochemback, m.80); Kluivert y Saviola.
Rayo Vallecano: Segura; Mauro (Carlos, m.88), Quevedo, Onopko, Dorado; Peragón, Iriney, Helder, Mora (Luis Cembranos, m.80), Michel y Bolic (Bolo, m.80).
Goles: 1-0. M.68. Luis Enrique profundiza, se apoya en Kluivert y el asturiano remata cruzado. 2-0. M.76. Kluivert asiste a Overmars, que gana la espalda al zaguero, y marca. 3-0. M.91. Saviola recibe de Mendieta, profundiza y a la llegada del área remata cruzado.
Arbitro: Rodríguez Santiago. Amonestó a Cocu, Bolic, Mauro, Riquelme y Paragón.
Camp Nou: 47.000 espectadores.
El Barça sólo tuvo ayer una virtud: verle las orejas al lobo y despertarse justo a tiempo para evitar la vergüenza de que el colista de la Primera División imitara a los grandes equipos y puntuara también en el Camp Nou. A los azulgrana les bastó la media hora final para desarbolar al Rayo con el empuje y el olfato de Luis Enrique, casi siempre infalible, y el juego de Kluivert, obligado cada día a responder a la saña de la grada. Pero el holandés es tan capaz de fallar lo más fácil (un remate a bocajarro en la primera parte que le costó ser abucheado) como a asistir a Luis Enrique para romper el partido, darle un pase medido a Overmars y arrastrar a los defensas para que Saviola metiera el tercero y la gente se fuera contenta a casa y despidiera a Enric Reyna, en su último partido como presidente azulgrana -la junta se supone que dimitirá después de la asamblea de socios convocada para hoy-en medio de una olímpica indiferencia.
La grada pasó de los abucheos de la primera parte a despedir con aplausos al equipo en una muestra innegable de sensación de alivio. No fue para menos porque el Rayo, pese a vivir una situación volcánica (hace poco que ha estrenado su tercer técnico este año y los jugadores no hablan con la prensa hasta que aparezca quien filtró una pelea del vestuario), se fue creciendo a medida que corrió el reloj. El Barça apareció por el césped descentrado, desmotivado, dormido, sin tensión. Sin alma. Ni Riquelme despertó en esta ocasión pese a que jugó más o menos en la demarcación que viene reclamando cada jornada. Los azulgrana sólo tuvieron la ocasión de Kluivert que despertó todos los demonios. Los azulgrana, muy lentos, fueron incapaces de desmontar el orden y el repliegue del Rayo hasta el punto de que regaló a su rival el balón, su tesoro más preciado.
El Rayo empezó a imaginar la campanada. No le faltó tanto, pero la suerte no le acompañó: Michel remató a la parte interior del poste y la pelota se paseó por encima de la línea de gol. Y, justo antes del final de la primera parte, Dorado falló solo ante Víctor Valdés.
El Rayo siguió alimentando su ilusión tras el descanso y el Barça, asustado, no tuvo más remedio que recurrir a las faltas para frenar a Bolic o Peragón, que se rifó a Gabri en el área y reclamó penalti. El colegiado le amonestó, pero se equivocó, al menos a juicio del lateral azulgrana: confesó que la falta era pena máximo.
El Rayo se sentía ya con derecho a buscar la victoria, sabedor de que un punto es bien poca cosa para sus necesidades, y se fue al ataque bajo el riesgo de dejar espacios. El partido ya estaba abierto y la alarma, que tantas veces suena, recorría de punta a punta el Camp Nou. Entonces apareció el hombre a quien todo el mundo siempre espera: Luis Enrique se inventó una volea espectacular para firmar su gol número cien en la Liga.
El Barça suspiró, abrió el campo, llegó el gol de Overmars y después un paradón de Víctor Valdés, refrendado como titular, en un remate del ariete Bolic, una acción que mereció la felicitación de sus compañeros como si hubiera salvado el gol de su vida. La escena retrató el miedo ante el colista, disipado al final con el tercer tanto del partido, obra de Saviola que maquilló un partido para el olvido y premió el esfuerzo del delantero azulgrana, que no paró de incordiar hasta conseguir batir la portería de un Rayo Vallecano que parece condenado.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 2003