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Crítica:TEATRO

Conciencia y diablo

Alejandro Casona cumpliría ahora cien años. Su teatro parece de más edad: La barca sin pescador era ya antigua cuando se estrenó. El autor, republicano, había estrenado antes de la guerra tres obras. Era maestro nacional, luego inspector de enseñanza. Con la guerra lo perdió todo, se exilió y su larga obra posterior da la sensación de que pudo evolucionar en otro ambiente; se quedó como un epígono de Benavente, aunque con esa conciencia republicana que no se ha recuperado. Esta obra es también un "caso de conciencia", sobre una parábola de Rousseau. Un hombre de negocios se arruina; se le aparece el demonio y le ofrece un pacto: que un pescador muera, y por esa muerte que condenará su alma recupera toda su fortuna y la multiplica. El condenado no vacila; luego viene el arrepentimiento. Para llegar a un final felizse descubre que el pescador fue asesinado por otro, que el condenado está libre, y que además se enamora de la viuda. Qué desmán de conciencia. Nada tiene sentido más que la necesidad del autor de arreglar las cosas a gusto del público. No sólo el pensamiento queda antiguo, sino la manera de hacer teatro y el diálogo. En algunas cosas, para bien: el número de personajes que permite que la escena esté poblada, y los secundarios con personalidad y riqueza. El de la abuela da lugar a la mejor representación, la de Elvira Travesi, de las más aplaudidas.

La barca sin pescador De Alejandro Casona (1945)

Intérpretes: Pedro Civera, Alejandra Torray y José Lifanti. Escenografía y figurines: Ligero. Iluminación: José Luis Rodríguez. Dirección: Ángel García Moreno. Teatro Fígaro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 2003