Disipado el efecto gaullista de enfrentarse con Estados Unidos, Francia se da de bruces con las realidades de la política interna, que presentan un país al borde de la recesión económica cuya tasa de paro (9,3%) ha empeorado hasta el nivel en que estaba a finales de los años noventa. Las luces de alarma se encienden para la derecha en el poder, mientras la ultraderecha grita de nuevo y la izquierda mantiene un perfil muy bajo.
Justo en este momento, el Gobierno de Jean-Pierre Raffarin intenta alargar el tiempo de cotización que da derecho a la pensión máxima -hasta 41 años trabajados a partir de 2012, y 42 desde 2020-, y rebajar, de manera drástica, la financiación de más de 600 medicamentos. Los sindicatos pretenden paralizar el país el próximo día 13 y acarician la idea de alargar la protesta. La tensión en el Ejecutivo es patente ante la perspectiva de decidir un fuerte recorte del gasto público.
En este ambiente, Chirac cumple hoy su año de gracia con una cota de popularidad envidiable. El 64% de los franceses sigue confiando en él, aunque retrocede 11 puntos respecto a la cima alcanzada durante la guerra, según un sondeo del Instituto CSA. A nadie le parece mal que el presidente se dedique a las grandes escaramuzas internacionales, por lo menos mientras el desgaste en la relación franco-norteamericana sea sólo "epidérmico", palabra utilizada por él cuando anunció el veto al respaldo de Naciones Unidas para atacar a Irak.
En este terreno, Chirac sigue dando pruebas de profesionalidad. No en vano considera, a sus 70 primaveras, que la veteranía es un grado. Entre los feos que Estados Unidos le ha hecho no ha sido menor el desprecio público de George W. Bush, quien anunció que no piensa invitar al presidente francés a ese rancho de Crawford donde recibe alegremente al primer ministro británico, Tony Blair; al presidente del Gobierno español, José María Aznar, o al jefe del Gobierno australiano, John Howard. Pero el orgullo herido del presidente francés no le ha llevado a la menor protesta, porque la Administración norteamericana ha aceptado que Bush pernocte en Francia durante la cumbre del G-8, a primeros de junio, rechazando la tentación de hacerlo en Suiza.
A la espera de esa cita al borde del lago Léman, más simbólica que crucial, Chirac administra sus silencios. Tanto, que ni siquiera la partición de Irak por los ejércitos de ocupación ha sido bastante para que mueva un músculo la diplomacia francesa, otrora dispuesta a saltar al menor gesto de marginación de la ONU.
Chirac ya no representa el papel de hombre simpático y un tanto oportunista del pasado, sino el de un dirigente al que conviene tomarse en serio. La seguridad interior ha dejado de ser una obsesión gracias a la mano dura del ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, que está llenando las prisiones a rebosar mientras organiza un charter tras otro para la expulsión de inmigrantes en situación irregular. La organización de un Consejo del Culto Musulmán ha sido otro éxito, por más que haya revelado mucho más radicalismo del esperado en esa comunidad.
A pocos les parecen mal otras cruzadas internas de la derecha en el poder, desde la represión de los malos conductores al refuerzo de ayudas estatales a la familia, que extiende a las clases media y media-alta un sistema de protección ya existente entre las personas de bajos recursos.
El activismo de la derecha francesa mantiene casi anulada a la izquierda. Si el socialista Lionel Jospin consideró a Chirac "gastado, envejecido, fatigado", hace un año, hay quien se permite considerar hoy a la izquierda como "una especie en vías de extinción". Al margen de lo precipitado de ese juicio, es cierto que socialistas, comunistas y ecologistas permanecen sumidos en la crisis provocada por la derrota electoral de 2002, que el partido socialista intentará cerrar en el congreso convocado para dentro de dos semanas.
Por el contrario, la extrema derecha mantiene la cabeza bien alta. Las esperanzas de este sector político están puestas ahora en las elecciones regionales del año próximo, mientras Jean-Marie Le Pen, líder del Frente Nacional, sigue atizando los rescoldos del racismo.
Este año, Le Pen utilizó la tribuna del 1 de Mayo para atacar al alcalde de París, el socialista Bertrand Delanoë, por inaugurar una placa de homenaje a Brahim Bouarram, un joven marroquí que murió tras ser arrojado al Sena desde el puente del Carrusel por una banda de cabezas
rapadas, el 1 de mayo de 1995. "Ese puente se parecerá bien pronto a nuestros grandes sitios religiosos, porque cada año se le añade un exvoto nuevo para dar las gracias a los pequeños granujas que difaman cada año al Frente Nacional", se permitió decir el líder ultraderechista.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 2003