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COLUMNA

Aficiones

La mayoría de nuestros actos, impulsos, creencias, gestos y manías nos vienen a través de la educación recibida y del ambiente, singular o plural, en que nos hemos desarrollado. Esto quiere decir que el libre albedrío y la llamada personalidad se ejercen relativamente poco, lo más viene del conocimiento. Si alguien consigue pasar por original y novedoso, es porque se las ha arreglado para disimular o mezclar cosas heterogéneas.

Siendo moderadamente cierto a nivel individual también lo es en cuanto a la actitud frente a determinadas evaluaciones colectivas y los prejuicios ante ciertas modas o comportamientos generalizados. Más que las creencias religiosas, las inclinaciones políticas, o las normas morales son importantes los esfuerzos que se libran, si llega el caso, con las personas que aman o detestan, por ejemplo, el fútbol y, más sañudamente, la fiesta de los toros, tema que ya avanza por su temporada anual. Quien no es aficionado al balompié -debe de haber algunos- comprende mal y tiende a mofarse del espectáculo de 11 jóvenes atletas correteando detrás de una pelota, empeñados en meterla entre los tres palos contrarios, con la enconada oposición de otros 11, cuyo propósito es idéntico y contrario. Un deportista de cada bando puede utilizar las manos, detrás de un espacio acotado, cuando a los demás les está rigurosamente prohibido.

Todo es cuestión de fórmulas, normas, reglamentos, de lo que podían tomar ejemplo otras actividades públicas, la política activa, in ir más lejos, donde muy a menudo la actitud de los adversarios guarda gran semejanza con los combates de lucha libre, sin el menor respeto hacia el árbitro, ni a los espectadores, los aficionados. Los españoles no acabamos de digerir el llamado "fútbol americano" en un campo cuadriculado y la violencia y celeridad con que unos fornidos individuos se aplican en romperles el espinazo a los oponentes. La ignorancia de las normas por las que se rige el espectáculo impide apreciar su belleza e interés, que sin duda tiene, dado el entusiasmo que muestran millones de espectadores. Otro tanto ocurre con el tenis para quien rara vez haya presenciado un encuentro. Dos, o cuatro, señoritas y caballeros, separados por una red consumen tiempo sin tasa, golpeando una bola. Cada vez que uno falla se inicia la cuenta, que carece de significado y ni yo mismo, gustoso del espectáculo, he podido desentrañar en una somera investigación, se mire por donde se mire: 15, 30, 40 -empate- y juego. De lo más incongruente. El golf, convertido en un deporte popular, incluso entre nosotros, tiene mayor complicación, aunque es grato de ejercitar, incluso para personas de escasas dotes deportivas y de altas edades. Lo que puede producir mayor asombro es la multitud que se desplaza expectante detrás de los campeones que, concentrados, no les prestan la mínima atención.

Si estas peculiaridades las llevamos al terreno taurino, pretendiendo explicarlas a una dama de mediana edad, inglesa, belga o canadiense veremos que nuestro esfuerzo por explicar las nociones de la lidia jamás se verá recompensado. En regiones españolas del norte, salvo minorías muy taurófilas y enteradas, se desdeña la fiesta nacional, simplemente por ignorancia de sus complicados entresijos y quizá porque no hayan presenciado nunca una corrida o tuvieron la poca suerte de topar con una mala tarde. El otro día se presentó la oportunidad de asistir a los festejos en un pueblecito madrileño, al principio de la temporada. Una novillada, con picadores, incluso un rejoneador. Cierta bella muchacha catalana, que jamás había pisado una plaza de toros y abominaba de la bárbara fiesta, asistió a regañadientes y por compromiso, como invitada principal, dispuesta a presenciar el martirio que -según ella- se iba a infligir a unos pobres animales. El espectáculo, por fortuna, fue bastante bueno y los diestros y el caballista fueron presentados a la bella y disgustada espectadora. Serían las explicaciones que más tarde la dieron, al invitarla a unas copas después de la cena, o la fina cortesía de aquellos muchachos andaluces que por la tarde se habían jugado la vida, la cuestión es que nuestra hermosa amiga se ha convertido en ferviente aficionada. Es decir, le habían explicado las reglas, el ritual, el combate entre un hombre frágil y entrenado y una bestia ciega que no sabe por qué la sueltan en un redondel una tarde de mayo. Sin duda solo se puede amar lo que se conoce, si no explíquenme un partido de polo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 2003