El pasado 11 de abril, Eduardo Serra publicó en estas páginas un artículo importante titulado Una política exterior para Europa en el que decía, sin ambages, que, cuando nos encontramos en un mundo en el que Estados Unidos es el hegemón, España y Europa deben cooperar con el "gendarme internacional" para que el mundo, además de seguro, sea más justo y más próspero. He esperado por ver si voces más autorizadas que la mía le daban respuesta, pero ya no espero más porque sé que Eduardo Serra sabe apreciar una réplica educada.
Pues no, Eduardo, si Europa se dedica a bailarle el agua al hegemón, el mundo no será ni más seguro, ni más justo, ni más próspero. Quizá resulte más seguro para el hegemón, pero el precio de su seguridad será incertidumbre para el resto; si es más próspero, será el hegemón quien determine cómo se reparte esa prosperidad y, en cuanto a que sea un mundo más justo, ¿cómo va a haber justicia en un mundo con un hegemón consagrado, unas élites fieles al hegemón en unas decenas de países y el grueso de la humanidad bajo la porra del gendarme internacional?
A mí me parece normal que Estados Unidos pretenda preservar un desequilibrio mundial de fuerzas que le favorece, pero igualmente normal me parece que quienes se encuentran en el lado débil del desequilibrio quieran corregirlo. Y en el lado débil del desequilibrio están hoy la mayoría de las gentes y de los gobiernos del mundo. No ignoro que dentro de esa mayoría hay quienes se muestran dispuestos o resignados a vivir en un mundo dominado por Estados Unidos. Creen que eso es lo mejor que hoy nos ofrece la historia. Consideran que no contribuir a consolidar el desequilibrio reinante supone correr un gran peligro y que, por el contrario, apoyar a Estados Unidos en sus pretensiones hegemónicas puede reportar valiosos beneficios. No comparto estas razones, pero las tomo en serio.
Situarse del lado del fuerte no es un comportamiento insólito, ni en la vida ni en la historia. De hecho es una de las características profundas de las gentes de derecha. Menos frecuente es la disposición a inclinarse por el débil, propia de la izquierda. Pero creo que los "amigos del fuerte", en este caso, se equivocan. Por varias razones. Primero, porque si lo que les lleva a hacerlo es el temor a sufrir represalias de Estados Unidos en caso de hacer lo contrario, prejuzgan negativamente a los americanos. Todos sabemos que los americanos son muy suyos y un tanto suficientes, pero Estados Unidos también es un país sensato y pragmático, un país que no toma represalias que le hagan daño a él mismo, un país que, cuando encuentra un obstáculo en su camino, no monta en cólera y arrasa, sino que negocia el paso. Por más que le alaben, mala opinión tienen de Estados Unidos quienes le dicen "sí" por miedo a lo que pueda ocurrir si le dicen "no".
Este miedo se disfraza a veces de lo contrario: le digo "sí" porque obtendré ventajas. Ésta es una segunda equivocación. Algo que conocen bien los estudiosos de las relaciones internacionales es que Estados Unidos está hoy en el centro de una madeja de intereses y de compromisos tan densa y alborotada que algunos de los compromisos que contrae resultan contradictorios unos con otros. Lo que eso supone es que ser un fiel seguidor de Estados Unidos no constituye ninguna garantía de que esa fidelidad será recompensada, ya que la recompensa esperada puede entrar en contradicción con la recompensa que esperan otros fieles seguidores y, al final, alguno se quedará sin ella. La lista de aliados fieles abandonados a la hora de la verdad por Estados Unidos (como en otros momentos de la historia por otras potencias hegemónicas) es larguísima.
La minoría que tiende a decir amén a Estados Unidos también suele justificarlo diciendo que seguir a Estados Unidos, en todo caso, garantiza seguridad, lo cual no es poco. Poco no es, pero seguro, tampoco. ¿Por qué? Porque Estados Unidos puede equivocarse y la historia muestra que se equivoca repetidamente y, cabría decir, que especialmente en Oriente Próximo. El problema es que, cuando esto ocurre, Estados Unidos, gracias al poder que posee, puede encajar el coste del error sin mayores problemas, mientras que a un país que no sea una gran potencia, cometer los mismos errores que el hegemón le resulta mucho más caro.
Cierto que los "amigos del fuerte" no siempre invocan cuestiones tan crematísticas. También recurren a otra razón de más alcance, a una auténtica visión del mundo. ¿Cuál? Una cuya sencillez le dota de gran fuerza. Se resume en lo siguiente: un mundo tan interconectado como el actual será un caos si no tiene un centro de poder, y sólo Estados Unidos puede ser el centro de poder mundial.
Cierto que la idea de orden está vinculada a la de jerarquía y que uno u otro tipo de jerarquía ha existido y existe en las sociedades creadas por todas las culturas. Pero esa regla deja de funcionar cuando lo que se trata de ordenar alcanza un cierto nivel de complejidad. Quizá en ello resida la explicación de por qué la humanidad se ha organizado siempre en comunidades con poblaciones no muy grandes y sí muy autónomas unas de otras. La realidad es que sólo los sistemas sencillos funcionan ordenadamente a través de la jefatura. La jerarquía funciona bien mientras el jefe es capaz de abarcar un nivel de complejidad mayor que el que debe abordar el conjunto del sistema. Pero cuando la complejidad del sistema supera la complejidad de quien lo dirige, entonces su supervivencia reclama transformar la estructura jerárquica en una estructura reticular, es decir, cambiar la cadena de mando con un jefe en la cúspide por una red a través de la cual las partes del sistema se influyen mutuamente sin pasar necesariamente a través del jefe. El jefe se desvanece un tanto, se convierte en un nudo de la red, más conectado que otros, pero en un nudo más de la red.
El mundo es hoy un sistema intensamente interconectado y mucho más complejo a su escala que la nación más compleja a la suya, incluido Estados Unidos. Estados Unidos es un país que tiene dificultades para abordar los problemas que le plantea su propia pluralidad cultural interna, así que pedirle que aborde los problemas que plantean los pluralismos de todo tipo del mundo es pedirle demasiado. Ahora bien, si la jefatura no puede generar orden a escala mundial, entonces ¿de dónde puede surgir el orden?
Para entenderlo basta mirar a los innumerables sistemas complejos que funcionan con un orden admirable sin necesidad de un jefe. Pensemos en una simplecélula, simple pero lo suficientemente compleja para hacer surgir la vida, algo que los humanos todavía no sabemos hacer. ¿Dónde está el jefe que dirige el funcionamiento de la célula? En la célula no hay una proteína jefe. ¿Y qué decir del cerebro humano, que es el organismo más complejo que existe sobre la Tierra y quizá en todo el universo? ¿Quién manda en el cerebro humano? Tampoco en el cerebro hay una neurona jefe. Puede que la complejidad del comportamiento de un mundo densamente conectado, como ocurre en el que hoy vivimos, esté más próxima a la de una célula o a la de un cerebro que a la de cualquier sociedad específica. Las naciones necesitan jefes para vivir en orden, pero el mundo no puede funcionar ordenadamente con un solo jefe.
Quizá pueda funcionar más ordenadamente que hasta ahora si va adoptando una estructura en la que la legitimidad, los medios y la voluntad necesarios para ordenar el mundo estén distribuidos a través de una red, en vez de concentrados en la cúspide de una pirámide de jefatura. ¿Cómo sería un mundo así? Sería un mundo con un orden internacional basado en una tupida red de relaciones entre países enmarcada en una cadena de entendimientos básicos entre los principales protagonistas mundiales, Estados Unidos, Unión Europea, China, Japón, Rusia y puede que otras organizaciones regionales, y en el que todos acepten el derecho internacional creado por la ONU. Para que el mundo avance en esa dirección es imprescindible, sin que sea suficiente, que la Unión Europea desarrolle una política mundial propia, abierta a la concertación con Estados Unidos y con las otras potencias, pero cerrada a toda pretensión de dominio mundial por parte de Estados Unidos o de cualquier otro. Un mundo así no sería un mundo sin tensiones, pero resultaría mucho más estable y pacífico que el mundo que quieren construir algunos a golpe de guerra preventiva.
Carlos Alonso Zaldívar es consejero científico del Real Instituto Elcano y autor (con Darío Valcárcel) de Una conversación sobre Irak.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 2003