En estos días Vitoria se ha convertido en la ciudad del arte. En el amplio despliegue de propuestas destacan, entre otras, las organizadas por la Caja Vital: Siglo XVIII. El arte de una época, y Frontera (esculturas de Agustín Ibarrola y Jorge Girbau); además de las presentadas en el Museo de Bellas Artes: La imagen de la mujer. Otra mirada, y en el Centro Cultural Montehermoso: Anglada Camarasa en la distancia; a lo que hay que sumar las que se exhiben en Artium: una exposición de Vicente Ameztoy y un homenaje a Jorge Oteiza.
Huelga decir que esa gozosa sobreabundancia de propuestas de arte nos obliga a repetir visita. Aquí y ahora contaremos lo visto en Artium, esto es, aquello que se muestra en el ámbito bilabiado de las exposiciones de Ameztoy y Oteiza. Dos reacciones dispares suscitan los dos acontecimientos. Por un lado la oportuna y plausible la intención de juntar obras de dos artistas vascos muertos en un pasado bastante reciente y por otro la incompletud de lo expuesto.
En el caso de Ameztoy, pese a que lo recogido es de alto crédito, faltan piezas muy significativas que ayuden a completar el aura total de su arte. Después de la antológica suya que le prepararon en Arteleku en 1990, bajo el título Karne & Klorofila, todo lo que no esté a esa altura resultará necesariamente incompleto, salvo lo que atañe a los trabajos de Remelluri, que fueron posteriores a la muestra de Arteleku. Vicente Ameztoy es un pintor con una producción muy escasa. Quizá por eso es preciso huir de las parcelaciones, porque de ese modo lo reducen y/o lo incompletan como artista. Si el arte fue su refugio permanente, por esa misma razón es el artista a quien conviene proteger más que a nadie. Para ello nada mejor que llegar a fabricar una completa exposición antológica de su obra, al tiempo que se consiga trazar la exégesis de un estudio riguroso de su universo creativo. Tal vez se alcanzaría así el más fecundo y mayor homenaje imaginable a su memoria.
En cuanto al homenaje a Jorge Oteiza volvemos a repetir que se inscribe dentro de lo oportuno y plausible. En un pequeño recinto se muestran ocho esculturas y la carpeta de la Ley de los cambios. Todo parece que se ha hecho con excesiva precipitación. No se citan las procedencias ni las tiradas de algunas esculturas. La distribución de las piezas es pedestre y apretujada, poniendo de manifiesto la falta de "respiraciones espaciales", lo que, por otra parte, es de cumplida obligatoriedad. Con todo, se valora el gesto de admiración emotiva hacia Oteiza por parte de Artium, en comparación con quienes en los últimos tiempos pasaban por ser sus grandes amigos, no siendo más que despreciables muñidores que han traicionado tanto ética como estéticamente el nombre del propio Oteiza.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 2003