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VISTO / OÍDO

Ateos y papistas

Para muchos es tan fácil creer como para mí no creer. A Ortega le parecía mal: se enfrentaba contra "la fe del carbonero y un escepticismo también del carbonero. Si aquélla me mueve a compasión, ésta suele infundirme asco; ambas, empero, me dan vergüenza". Qué equilibrio. Debía estar con Unamuno: "Una fe que no duda es una fe muerta". Otros tiempos. Clarín: "Odiamos el fanatismo bárbaro, la superstición ridícula, la hipocresía menguada, la credulidad estúpida, la intolerancia soberbia, la creencia que se impone, la devoción que calcula, la fe que negocia, la piedad que miente y engaña". Tengo la ventaja (¿o el defecto?) sobre Alas, maltratado en memoria, en efigie y en familia por la fe orgánica, de que no odio. Miro con asombro algunos creyentes, y me digo: "No puede ser verdad". Entiendo la escena del aeropuerto: los cónyuges reales, ministros, militares, curas y monjas y un pueblo en el que -ayer, en Colón- había pancartas de "Aznar excomunión". Un testimonio, como todos los demás, inútil. La triple alianza del clero, las armas, la patria real y el poder no hacen más que confirmarme en lo que me hizo encontrar la frase de mi situación. Era del novelista inglés L. P. Hartley en El mensajero: "El pasado es el extranjero"; que yo invierto, para mi uso: "El presente es el extranjero"; "el extranjero en su patria", Bergamín, Larra, Mesonero: por cargar más citas y no estar solo.

El Papa no es extranjero en este país, patria del millón de españoles, según cuentas de los que formaban el millón, porque ésta es la tierra de María Santísima: "Patria y Virgen es mi lema", canta la Guardia Civil. No es igual ser ateo del catolicismo, del judaísmo o del islam. En este último no se piensa en eso: forma parte de una defensa contra el enemigo que ha destrozado sus naciones -y, sigue-, les ha quitado casa y comida. El ateísmo judío dio al siglo pasado momentos de gloria, y millones de muertos, fueran o no creyentes. Debe ser más difícil abandonar a los asesinados, y recuerdo uno -Bergson- que no hizo pública su conversión al catolicismo hasta que cesó la persecución: para no traicionar. El catolicismo presenta esa doble vertiente: es fácil de creer porque es triunfante (reyes, guardias, socialistas, ricos, curas) y fácil de no creer porque separarse del poder es siempre bueno. Y hasta cristiano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 2003