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Crónica:LA CRÓNICA

Un becario en Bagdad

La Malla es un portal digital en lengua catalana con especial atención a las noticias municipales y con sobrada información digital. Allí fue a parar Francesc Castro para hacer sus prácticas de periodismo durante seis meses, es decir, era un becario que por 120 euros al mes miraba teletipos y redactaba ruedas de prensa, alguna crónica de cine... todo bastante lejos de la vida excitante que el tópico dicta para un periodista. Era el mes de febrero y se respiraban aires de guerra inminente en Irak; a Francesc le faltaban dos semanas para terminar en La Malla, pero no se lo pensó dos veces y pidió permiso a la directora para marcharse a Bagdad y desde allí enviar crónicas del conflicto. No fue tan fácil: la Embajada iraquí se hacía el sueco y la española en Ammán no le animaba mucho a iniciar el viaje. No obstante rompió la hucha y se compró un billete hasta Ammán, luego lo comentó a su familia. Un día después de cumplir los 23 años volaba a su destino con una pequeña mochila con una cámara de fotos, unos tejanos, tres camisetas y un par de calzoncillos. Tres días después estallaba la guerra.

Francesc Castro estaba acabando sus prácticas como becario de periodismo cuando estalló la guerra de Irak. Y se fue para allí

Francesc pasó un mes en Ammán. Vivía en un modesto hotel muy cerca del Intercontinental, ocupado por periodistas acreditados, y pagaba menos de seis euros por dormir en el suelo en una habitación con otros dos freelance. A diferencia de los periodistas consagrados, él se dedicaba a buscarse la vida, que no era poco en aquellos días. Por la mañana asistía a ruedas de prensa o se apuntaba a alguna ONG para visitar los campos de refugiados, cosa complicada para los periodistas sin papeles como él. Una fuente importante de información era la estación de autobuses; allí se concentraba el ir y venir de la gente y podía hablar con los iraquíes que marchaban a la guerra. Otro punto de contacto fue el barrio palestino, donde, después de hablar y compartir cafés y narguiles con ellos, comprobó que tampoco allí tienen plenos derechos. Por la tarde Francesc se acercaba al hotel Intercontinental para saber las últimas noticias y apuntarse a alguna visita interesante, amparado por los corresponsales acreditados. "Había dos mundos aparte: el de los periodistas avalados por una gran cadena y el de los freelance. Ellos tenían una gran presión por informar cada día mientras que nosotros vivíamos relajados y nos dedicábamos a perder el tiempo, en el buen sentido de la palabra", dice Francesc. Para él era más importante jugar un partido de fútbol en la calle con los niños o comer un cuscús en casa de un palestino que estar pendiente del teléfono por satélite. Él había llegado a Ammán para aprender y no pasaba un minuto sin que le sorprendiera algo nuevo. Aunque también pasó horas interminables en la Embajada de Irak y en la española, intentando conseguir un visado que nunca llegaba. Trabó amistad con un diplomático y pudo comprobar de cerca la inutilidad de la burocracia. Desde Ammán envió algunas crónicas a La Malla, vía satélite, gracias a algún periodista que le cedía su turno. Tiene un especial recuerdo de Ferran Sales, corresponsal de EL PAÍS en Jerusalén, quien por aquellos días se encontraba en Ammán esperando, como todos, poder cruzar la frontera. "Hay periodistas chungos y otros que enseguida te ofrecen su ayuda", comenta Francesc. "También los hay que se pasan la vida contando sus batallitas".

Y llegó el momento en que rodó la cabeza de Sadam en forma de estatua. Francesc lo vio en directo por televisión. Los periodistas se organizaban en convoyes y él, tras mil peripecias que no caben en una crónica, logró subir a uno de estos coches, que le conduciría a Bagdad. "Pasé mucho miedo, pero todos estábamos igual. Nuestro convoy era de 40 coches, el último fue atracado y al nuestro se le reventó una rueda y nos quedamos solos. Pero logramos llegar. El aspecto de Bagdad me recordaba el de la novela de Pedrolo El mecanoscrit..., todo era desolación y muerte". Se hospedó en un hotel cerca del famoso Palestina, donde iba cada mañana a apuntarse a alguna visita. Entró en el museo arqueológico, hecho pedazos, pero lo que le impresionó más fue el hospital saqueado. "El suelo estaba lleno de sangre de las bolsas que habían robado. Vi morir a dos niños y vi como los familiares desenterraban a los muertos depositados en el jardín por falta de frigorífico. Cada cadáver tenía una bolsa con las señas de identificación -que no el nombre- y el familiar iba buscando uno por uno para encontrar el suyo y llevárselo". Una tarde hacía la siesta cuando oyó disparos muy próximos, miró por la ventana y vio tanques americanos apuntando a un grupo de fedayines. No se lo pensó dos veces y bajó a la calle. "Nunca había pasado tanto miedo, pero cuando terminó el combate estaba tan excitado que mi cuerpo pedía más".

Francesc pasó una semana en Bagdad, hasta que se le acabó el dinero y tuvo que pedirlo a Barcelona para regresar. Llegó el día de Sant Jordi totalmente descolocado. Sus amigos le metieron en medio de La Rambla para que se reconciliara con su país, pero casi se muere del susto. Se retiró unos días a un pueblo y ya, más o menos integrado, proyecta otra fuga para cuando tenga dinero. Este verano se va a recolectar fruta a Lleida. Mientras, trabaja en Produccions Pelotaris, una productora que ha montado con un amigo. Dice que le va bien, pero su sueño está lejos de aquí.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 2003