Me sorprendió la bienintencionada pero, a mi parecer, equivocada carta al director (publicada el pasado 3 de junio) de la señora Lea León, de nacionalidad extranjera y residente comunitaria, que ejerció su derecho de voto por primera vez en las pasadas elecciones locales. Dicha señora considera que el voto no es en nuestro país ni libre ni secreto. Sus argumentos consisten en que al ir ella a votar, un miembro de la mesa electoral llevaba un anagrama de un partido político que podía influir en los votantes y que las papeletas electorales estaban a la vista y la introducción secreta en el sobre no estaba garantizada.
Respecto a lo primero, las mesas electorales están compuestas de presidente y dos vocales que no pueden exhibir enseña alguna, pero sí pueden hacerlo los interventores y apoderados de las candidaturas, precisamente para ser punto de referencia para resolver dudas o canalizar reclamaciones de los votantes. El miembro de la mesa con el anagrama del partido debía de ser interventor o apoderado. En cuanto al secreto, en todos los colegios hay cabinas en las que cada elector, tras coger varias papeletas, puede introducir la que desee en el sobre correspondiente sin peligro de que nadie le vea.
Todo ello está regulado en la Ley Orgánica de Régimen Electoral General (especialmente los artículos 70 y siguientes), que creo que garantiza sobradamente el voto libre y secreto. Nuestra democracia puede tener otros problemas pero no éste
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 2003