He aquí una película singular, que se ha ido abriendo lentamente paso desde el más absoluto desconocimiento del gran público hasta su estreno, tras el paso por festivales y un persistente prestigio adquirido en los medios hispanos del documental, tan activos, por cierto, en los últimos tiempos. Y sin embargo, calificar Fuente Álamo como un documental así, sin más aclaraciones, puede resultar algo abusivo: en verdad, este primer largometraje de Pablo García juega en las lúcidas fronteras de la ficción documentalizada, o del documental con puesta en escena, eso que algunos prefieren llamar "documental de creación".
El esquema argumental del filme reposa sobre uno de los ejemplos más aquilatados de cine clásico: un día en la vida de un lugar determinado, tal como lo acuñara el gran Walter Ruttmann en su aún insuperable Berlín, sinfonía de una gran ciudad. Desde el alba hasta la noche, el alemán tomó el pulso a la que entonces, hacia 1930, era la urbe más dinámica de Europa. Mucho más modesto, García traslada su cámara a un pueblo albaceteño, y ordena su discurso alrededor de un hecho singular, que ocurre cada año en el corazón mismo del estío, mediados de agosto: la llamada Fiesta de los Gazpachos, una celebración popular, con baile y verbena, que reúne a los lugareños.
FUENTE ÁLAMO, LA CARICIA DEL TIEMPO
Director: Pablo García. Intérpretes: actores no profesionales, habitantes del pueblo de Fuente Álamo. Género: documental, España, 2001. Duración: 75 minutos.
La excusa, como se comprenderá, es mínima, y en todo caso, le sirve al director para ir dejando, con astucia digna de un veterano, una pista para que el espectador vaya pensando en la tal fiesta: desde el primer plano del filme, dos jóvenes pegando carteles con la actuación de un grupo de rock, nos abocamos hacia esa celebración.
Tiempo quieto
Pero mientras el ficticio día va pasando, pronto entenderemos que de lo que en realidad va Fuente Álamo es de otra cosa: como en muchas otras importantes películas españolas contemporáneas, de Marc Recha a José Luis Guerin, por poner dos extremos, y tal como indica su subtítulo, aquí se trata de asistir al paso del tiempo, a las cotidianas ceremonias de los lugareños (el baño en la alberca, la comida bajo los árboles, la visita a los viejos amigos, la preparación de la cena, las labores cotidianas: los trabajos y los días de una comunidad manchega como hay muchas en el campo español).
Y ese tiempo quieto, que pasa, justamente, como una caricia es también el tiempo de la nostalgia: el del verano que no parece tener fin, el del pueblo de la infancia en el cual todo era aún posible, y que Pablo García captura casi con timidez, con un ejemplar empleo del montaje y una total ausencia de cualquier sonido no justificado dentro del encuadre, en una película tan modesta como penetrante, tan lúcida como viva; tan hermosa.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 2003