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Crítica:CLÁSICA

Música antigua

Tras el festín de música contemporánea de la semana pasada, ésta se ha encarrilado hacia la música antigua. En la sala Iturbi del Palau se escuchó una versión de concierto de Dido y Eneas, precedida por Welcome to all the pleasures, ambas de Purcell. La Capella de Ministrers, nuestra agrupación más puntera en este campo, venía acompañada de Jennifer Lane, que hizo doblete: fue Dido, pero también la Hechicera, y, con todo, los personajes resultaron diferenciados. Su canto se hizo lánguido al abordar a la Reina de Cartago, y extremadamente cortante con la jefa de las brujas. En el famoso Lamento de Dido consiguió sobrevolar flexiblemente el hermoso ground instrumental y dejarnos -como corresponde- con la sensación de tiempo suspendido. Por su parte, Cassandra Hoffman mostró un fraseo expresivo y tradujo perfectamente el personaje de Belinda. Pilar Esteban también estuvo convincente. La Capella funcionó con afinación y ajuste, pero se echaba en falta un punto más de feeling en la descripción de las diferentes atmósferas. El Cor de la Generalitat, que pasa -según las necesidades- de cien a veinte voces, y del repertorio del siglo XX al del XVII, resiente, como es lógico, todos esos saltos: la versatilidad puede tener un límite.

Capella de Ministrers. Orquesta barroca de Friburgo.

Capella de Ministrers. Director: Carles Magraner. Cor de la Generalitat Valenciana. Solistas: Jennifer Lane, C. Schaldenbrand, Cassandra Hoffman, Pilar Esteban, Joana Llabrés y Antoni Aragó. Obras de Purcell. Palau de la Música, 3 de junio de 2003. Freiburger Barockorchester. Director: Gottfried Von der Goltz. Lorenzo Coppola, clarinete. Obras de Weber, Arriaga, Mozart y Schubert. Palau de la Música. Valencia, 4 de junio de 2003.

En la sala Rodrigo vimos, al día siguiente, a la orquesta barroca de Friburgo, pero la alusión al barroco no le impidió abordar obras que se adentran ya en el XIX, o que casi lo alcanzan (el K. 622 de Mozart, por ejemplo). Desde los primeros compases del Oberon hasta los últimos de la Incompleta, los músicos de Friburgo revalidaron el prestigio que tienen en el ámbito historicista: no tanto por los instrumentos que utilizan como por los resultados que consiguen con ellos. No se trata sólo de fidelidad a la época (¡qué utopía!) o a la letra de la partitura. Ni de asumir, en función del "más difícil todavía", los problemas técnicos que los instrumentos antiguos presentan. Se trata de resolver limpiamente esas dificultades y utilizarlos para conseguir la transparencia, la alegría y la fuerza ágil que cuestan de lograr con agrupaciones e instrumentos de mayor calibre sonoro. Y de conocer otros colores (qué hermoso, el del clarinete de basseto para el Concierto de Mozart) y otras texturas (por ejemplo: la levedad de la Incompleta de Schubert, con sólo cuatro violonchelos para lidiar con lo inefable). Pero se trata, sobre todo -como está sucediendo ya a veces- de asumir la mejor herencia de las grandes batutas (esa expresividad denostadamente "romántica", esos silencios palpitantes, ese fraseo tan elocuente, esa dinámica tan rica, esa subjetividad ¿por qué no? tan heterodoxa), y unirla a los rigores, a veces paradójicamente amables, de la filología. Las formaciones que lo consiguen son las que están dando, de verdad, una auténtica vuelta de tuerca al panorama interpretativo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 2003