El domingo 1 de junio podría convertirse en una fecha significativa en la larga marcha de disolución de la socialdemocracia alemana, la primera que surgió en Europa, modelo de todas las demás. La movilización de los sindicatos no ha tenido otra consecuencia que obligar a convocar un congreso extraordinario que ha revalidado con el 90% de los votos la llamada Agenda 2010, que prevé una reducción drástica de las prestaciones sociales: subsidio de desempleo, ayuda social, gasto sanitario, pensiones. La opinión de los críticos de que el plan aprobado significa dar un paso decisivo en el desmontaje del Estado social parece tan plausible, como la de la gran mayoría del partido, convencida de que por más que estas medidas no encajen en los programas aprobados, ni siquiera en los acuerdos que hace pocos meses se tomaron para un Gobierno de coalición con Los Verdes, no cabría, sin embargo, otra opción. Entre la mayoría que apoya estas reducciones únicamente se plantean dos cuestiones, si las medidas propuestas resultarán suficientes y sobre todo, si no llegan demasiado tarde, y estas reformas, que ya eran acuciantes en la era Kohl, no habría que haberlas tomado al acceder al poder en 1998.
En cuanto a la primera cuestión, la opinión predominante es que las reformas propuestas son sólo un comienzo y que será más fácil continuar por esta vía cuando la gente las acepte, al comprobar los resultados. Respecto a la segunda, poco sentido tendría lamentarse por lo que no se hizo a tiempo; al fin y al cabo, ningún partido está dispuesto a tomar medidas impopulares hasta que el agua no llega al cuello. La socialdemocracia -hace ya mucho tiempo que ha renunciado a cambiar el mundo- tomó posesión del poder para ejercer con tranquilidad, sin crear tensiones ni desequilibrios. Reformas de envergadura se emprenden sólo enfrentados al dilema de cambiar o perecer. El argumento principal del canciller Schröder es que la única alternativa a la Agenda 2010 es permitir que siga el declive hasta que la socialdemocracia quede reducida a una pequeña secta que, eso sí, conserva sus principios intactos.
Si se echa una mirada atrás, parece ahora claro que Helmut Kohl desperdició la gran oportunidad que ofrecía la unificación de los dos Estados alemanes para reconstruirlos de nueva planta; hipótesis que entonces ni siquiera se barajó, persuadido todo el mundo de que el traslado del modelo de la Alemania occidental a la oriental, sin la menor corrección, daría pronto sus frutos. La crisis actual -la economía decrece, el desempleo aumenta y el déficit se ha doblado- en buena parte se debe a la confianza ciega en el propio sistema, seguros de que bastaría introducirlo en la Alemania del Este para que "floreciesen todos los paisajes". Así como los dirigentes del mundo comunista lo llevaron a su desplome, persuadidos hasta el último momento de las bondades de la economía planificada, los alemanes creyeron de tal forma en la fuerza de su economía que no dan crédito a sus ojos cuando comprueban que, pese a que durante un decenio hayan transferido cerca de 75.000 millones de euros al año, los nuevos Estados federados continúan siendo una pesada carga para la economía alemana.
Los alemanes se aplican el dicho que en su día lanzara Gorbachov a los dirigentes de la antigua RDA: "Al que llega tarde, le castigará la vida". La Alemania oriental se derrumbó por la incapacidad de hacer la menor reforma. En cambio, en la Alemania de hoy nadie, ni a la derecha ni a la izquierda, niega la necesidad de las reformas; la cuestión que se debate es la dirección que hayan de tomar, y en este punto se ha vuelto a oír la voz de Oscar Lafontaine que había dimitido de improviso, convencido de que la política de Schröder no podía traer otros resultados que los que ha traído; lo que no significa que la que Lafontaine había propuesto hubiera podido llevarse a cabo, ni de haberlo hecho, los resultados hubieran sido mejores. La mera conversión de los viejos marxistas al keynesianismo no permite abrigar muchas esperanzas sobre el carácter de las sedicentes innovaciones de la izquierda.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 2003