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Editorial:

Comunidad de destino

El progreso político, económico y social de Marruecos interesa a España casi tanto como a los marroquíes. Sin ignorar sus diferencias y contenciosos, ambos países están unidos en una comunidad de destino, como recordó ayer en Quintos de Mora (Toledo) Driss Jettu, en la primera entrevista en tres años entre un primer ministro marroquí y su homólogo español, José María Aznar. La primera reunión bilateral de alto nivel desde 1999 se celebrará finalmente en octubre próximo, con resultados concretos, según prometió el presidente del Gobierno español.

Los desacuerdos pesqueros, los malos modos verbales de Aznar, la retirada de embajadores y la crisis de Perejil habían llevado estas relaciones a un fondo en el que nunca debían haber caído. Aznar, cuando deje su cargo, habrá devuelto las relaciones hispano-marroquíes al nivel en que estaban cuando llegó a La Moncloa. Rabat carga también su buena parte de culpa en lo ocurrido. Pero ya no es momento de recriminaciones. El atentado de Casablanca, claramente dirigido a desestabilizar el régimen de Mohamed VI, ha reforzado la comunidad de intereses entre Madrid y Rabat, sin llegar a ignorar que hay diferencias importantes sobre el control de la inmigración ilegal, o el futuro del Sáhara Occidental. Pero, hoy más que nunca, Marruecos necesita que todos, y en particular España, le echen una mano.

Marruecos debe también comprender que esta renovada solidaridad no excusa los retrasos en la democratización del país. La condena, en primera instancia, del periodista Alí Lmrabet a cuatro años de cárcel por delitos de opinión no cuadra con el prometido avance hacia mayores cotas de libertad y democracia. Cerrarse en banda no le servirá al régimen para contener la presión de los movimientos islamistas. Todo lo contrario.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 2003