Muy señor mío:
El día 17 de julio de 2002 le mandé una carta personal por correo certificado, a la que usted nunca contestó. Ése es el motivo de que este año haya cambiado el procedimiento y optado, por primera vez en mi vida, por escribir una carta abierta para insistir en lo que originó mi carta del año pasado: que me amarga usted la vida.
Soy vecino de la urbanización Aguadulce desde el año 1976. Nunca en este largo periodo ha sido tan desagradable vivir en ella como lo viene siendo últimamente, debido a la degradación de su medio y a su pérdida total de identidad. Y llegado el verano, usted convierte mi vida (y no sólo la mía, créame: somos muchos los vecinos que nos sentimos agredidos e ignorados, y a usted así le consta) en un martirio a causa de su programa A pie de calle. La instalación del tabladillo que, a modo de escenario o cadalso, ejecuta usted desde hace unos años al final del paseo marítimo de esta urbanización, a la altura de la rotonda (palabra fetiche, supongo, junto con palmera y farola....) de Villa África, significa que durante los meses de julio y agosto, de jueves a domingo, usted me hace la vida imposible con chinchimpunes insoportables que a nadie interesan. La actuación de ruidosos grupos musicales, teatros infantiles y demás horripilancias lúdicas en una zona habitada por residentes habituales y no por veraneantes, no admite otro calificativo que el de una total falta de respeto al contribuyente que aquí reside (de ahí el concepto de residencial), que aquí tiene su casa y no su chiringuito veraniego.
En mi carta del año pasado no le hablaba de dinero, porque era una carta personal y hacerlo no hubiera sido elegante. Pero puesto que usted demostró al no contestar dicha carta que los aspectos de la elegancia en la convivencia le son indiferentes, hablemos de dinero: Señor alcalde, anualmente pago 1.594,94 euros (265.376 pesetas) en concepto de contribución urbana, y rotondas, farolas y palmeras no me bastan para justificar esa cantidad. Su mandato de signos externos, tan faraónico y de tan mal gusto estético (por Dios, ¿qué nos esperará después de los horrendos obeliscos?), llega a un punto intolerable cuando hace imposible el descanso y la tranquilidad de sus vecinos. Señor alcalde, en Aguadulce hay sin duda emplazamientos mucho más convenientes para su regalo cultural; emplazamientos que favorecerían la asistencia de público (nula, como usted sabe, en el actual) y que dejarían en paz a un numerosísimo grupo de afectados.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de julio de 2003