Cuando el viajero cruza la collada de Falset, siguiendo el camino hacia el sur, tiene la sensación de que el coche saltará al vacío. Arriba, el cielo parece no tener fin; abajo, la tierra es como un puzzle de colores: un campo de almendros se mezcla con otro de olivos para dar paso a un bancal de viñedos: los hay enramados que se vislumbran como las rayas de un pentagrama verde, otros luchan contra la fuerza de la gravedad y trepan por pendientes pizarrosas; hay cepas del tamaño de una col, otras parecen un exuberante ramo de novia. Cuatro chopos de hojas plateadas avisan de la presencia de agua; hay bosques de pinos y algún melocotón que será una delicia porque ha pasado sed, mientras, la retama da un toque dorado entre tanto verde. Una gran mole rocosa pone fin a ese paisaje naif. Hemos entrado en la comarca que, administrativamente, se denomina Priorat, aunque sus vinos, desde hace un año, lleven la DO Montsant- antes DO Tarragona, subzona Falset-.
Los vinos del Montsant podrían confundirse con los del Priorat, pero la variedad de la tierra y los microclimas los hacen únicos
El Montsant es una montaña rocosa que cambia de color según la hora y que en su día albergó a eremitas que buscaban silencio y paz. Ahora es el paraíso del excursionista y a la vez ampara una infinidad de pueblos que se extienden en su larga falda y a los que da una idiosincrasia especial. Los vinos que salen de esta zona podrían confundirse con los del Priorat por su aproximación, pero la variedad de la tierra -pizarra, arenisca, arcilla y calcárea-, los microclimas y la diferencia de altitud entre una terraza y otra los hacen únicos. Ulldemolins, Cornudella, La Figuera, Cabacés, El Masroig, Pradell, Capçanes... son 14 pueblos apiñados en esta zona vitícola, alguno de los cuales apenas ve el Montsant de lejos. Yo me acerqué a Capçanes una de esas tórridas tardes en que hasta el aire quemaba. Crucé todo el Priorat por unas carreteras serpenteantes y desiertas. El chirriar de las cigarras y un paisaje espectacular me acompañó durante todo el trayecto. Francesc Perelló, uno de los dos enólogos de la cooperativa, me esperaba para informarme de cómo están las cosas por ahí.
A finales del siglo XIX, antes de la filoxera, no quedaba en esa tierra ni medio metro sin una cepa; se replantó sólo una quinta parte de las viñas originales con el predominio de la variedad garnacha, que, junto con la cariñena, da carácter a sus vinos. Las viñas centenarias producen poco, pero van muy buscadas, lo que ha provocado que los payeses veteranos se replanteen una manera nueva -más cuidada- de vendimiar, por lo que ganan, también, mejores vinos. Es lo que podríamos llamar "la revolución del vino", algo que empezó en el Priorat y que, vistos los buenos resultados, ha animado a sus vecinos a renovar y cuidar hasta el último detalle para que la producción sea mucho más que un vino de garrafa o el vino que se vendía en otras bodegas para aumentar el grado.
Para un payés que siempre elaboró su vino en su propia masía, en condiciones de fermentación y almacenaje simples y sencillas, es difícil asimilar el cambio tan brutal que ha experimentado el proceso del vino en los últimos siete años. Jóvenes enólogos controlan desde las cooperativas que las cepas estén en condiciones, que la vendimia y el transporte sean correctos... El resultado es un vino de un color intenso y una graduación elevada, que, por ejemplo, enamoró a un rabino en la feria del INCAVI que se celebró en París en 1995. Desde entonces la comunidad judía compra sus vinos en la cooperativa de Capçanes, bajo la supervisión del rabino. Fue el cambio definitivo que catapultó los vinos de este pueblo, el 80% de los cuales se exporta a Alemania y Estados Unidos. Francesc habla con mimo de la garnacha y me enseña el vino estrella de la casa, el Cabrida, elaborado al cien por cien en esta variedad con cepas de hasta 103 años. Me habla también de cómo afectan los microclimas que hay en cada parcela, la diversidad de tierras, sus colores, me habla de la personalidad de cada bancal, del reconocimiento de sus vinos en el Wine Spectator, una de las revistas más reconocidas, del desastre ecológico que representan para la zona los parques eólicos que ya tienen o que se avecinan. Me enseña las instalaciones, con sala de cata incluida, y muy amablemente me acompaña hasta El Masroig, donde me espera otro enólogo, Ricard Rofes.
El pueblo del Masroig vive casi exclusivamente del vino. Esa tierra rojiza de un poder y una belleza deslumbrantes da un vino de crianza como Les Sorts, Vinyes Velles, aunque aquí sólo se embotella el 6% de la producción, que, por cierto, se va mayoritariamente a Estados Unidos; el resto se vende a granel a Torres. Ricard me cuenta cómo visitan finca por finca en demanda de uva sana, me cuenta la maceración carbónica, un proceso especial que sólo utilizan ellos en esta zona. Me habla del daño que produce la "riojitis", que no es más que un desconocimiento total del vino que tenemos al lado, en nuestra propia tierra. Me comenta los precios vergonzosos del vino en los restaurantes y de cómo se mató una generación de payeses que tuvieron que abandonar el campo y apuntarse a cualquier trabajo rentable. Dejo El Masroig y atravieso de nuevo esos campos de tierras rojizas, otras rosadas, ocres, negruzcas... hasta blanquecinas. Las cigarras no han parado de cantar. Y yo pienso en la maravilla de este rincón de mundo que es posible conocer, al menos, con una simple copa de vino.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de julio de 2003