Por decir
Supongamos que ese estornino mediático que es Alicia de Miguel tiene razón cuando asegura, ante el estupor de sus conmilitones, que Eduardo Zaplana es un referente de tal envergadura para esta comunidad que habremos de sufrir su influjo para toda la eternidad, mientras dure la vida. No importa ahora la cara que se le habrá quedado a Francisco Camps ante esa ardorosa muestra de fidelidad transversal. Por una vez, la estupenda Alicia podría saber lo que se dice, ya que siendo su jefe de siempre un ave de paso entre los pajarracos depredadores se ha construido -construido- aquí su nidito ecológico, de modo que no es que ya que siempre volverá al lugar del crimen, sino que sea lo que sea lo que ocurra en marzo con su ministerio ¡de Trabajo!, siempre le quedará, más que el parisino hotel Crillon, los inolvidables lazos anudados en la comunidad que con mayor desamparo padeció su inmisericorde virulencia.
Debate nacional
Tuvo razón Zapatero, en su primera réplica del otro día a la intervención de Aznar ante el Congreso. El presidente se va como vino, exagerándolo todo a fin de hallar razón a lo que carece de ella. También podría haber dicho, con mayor fundamento que se larga tan enfurruñado como llegó, con idéntica mala educación, con la congénita propensión al ventajismo político, con no se sabe bien qué rencor a qué fantasmas guardados en su tierno corazón. La réplica del todavía presidente tuvo los ingredientes acostumbrados en una persona caracterizada por la mala sombra, sobre todo en lo que tiene que ver con las argucias de leguleyo, los quites de monosabio, sus ridículos alardes de suficiencia insolvente. Más de uno de los suyos parecía tentado de caer en el entusiasmo indescriptible de cuando entonces y soltarse con un "¡Franco, Franco, Franco!". Y la pobre religiosa sobrevenida Pilar del Castillo sentadita entre dos buchones como Zaplana y Álvarez Cascos.
Y periférico
En ese debate de postrimerías también llamó la atención que absolutamente todos los grupos parlamentarios periféricos (en relación con Madrid) manifestaran sus numerosas cuentas pendientes con el gobierno central de los populeros, y no sólo los aguerridos representantes de los vascones, donde lo que queda del Gobierno actual hace su temerario banco de pruebas para convertir a cualquier vasco no afiliado a su partido en cómplice confeso o emboscado del terrorismo internacional. Todo antes que desmembrar a España, cuando apenas si puede estar más desarticulada de lo que ahora mismo se encuentra en la realidad de los hechos. No sólo la situación en el País Vasco, también la de Cataluña le estallará al pepé en toda la jeta más pronto que tarde. Pero para entonces Aznar será poco más que consorte de una concejala municipal. De Madrid, naturalmente.
De dónde son los cantantes
Tanto el vinilo como la casette que conservo del mítico Transformer, de Lou Reed, llevan la fecha de 1972, y están tan machacados que apenas si se escuchan a estas alturas los primeros compases de Walk on the Wild Side. Pero eso da lo mismo. Tengo la impresión de que la Valencia de los primeros setenta estaba más viva y más resuelta en según qué sitios y era más de vanguardia que ahora mismo, y eso que ni siquiera sabíamos entonces qué diablos era montar una Bienal para salir en las fotos con Vizcaíno Casas. Hay que decir que los introductores de la revolución de Lou Reed fueron Rafa Ferrando y Lluis Fernández (seguidores también de El Titi, en una virtuosa demostración temprana de la desenvoltura del multiculti) desde el Christopher Bar Lee, cuando de madrudada se cerraba la velada con la música del neoyorkino. Hoy actúa en Viveros, pero no podría verlo sin detestar para siempre los mustios residuos de juventud.
El perdedor invencible
Al menos en un aspecto sí cabe hablar todavía de derecha e izquierda, y es en la adoración de algunos pintureros representantes de lo que queda de ésta hacia la figura del perdedor. Literaria más que otra cosa, y a distancia, cierto, pero no por ello menos relevante en la letra pequeña de la historia universal de la infamia. No hay cantante, novelista o cineasta progre que no segregue cada año una obrita donde el héroe es el perdedor más o menos vocacional, al tiempo que aumenta a la derecha los ceros de su cuenta corriente y, a la izquierda, los de su talento. Freud -que no era de derechas ni de izquierda, y ni siquiera todo lo contrario- habló del fracaso en el éxito y del fracaso mayor que ni siquiera intenta triunfar. Pero el perdedor auténtico sólo aparece como dato estadístico en manuales de sociología o en los persistentes tugurios del auxilio social. Lo demás es literatura. Mala.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de julio de 2003