Cayó un muro y se levanta otro. El de Berlín se erigió para evitar que los alemanes del Este escaparan a Occidente. El que está levantando Israel es para controlar la entrada de los palestinos y, supuestamente, protegerse frente a atentados suicidas y otros ataques. Contradictoriamente, mientras la Hoja de Ruta avanza, aunque no se sepa muy bien hacia dónde, el muro -"verja de separación" lo llama el Gobierno de Sharon- se convierte en un problema que no existía anteriormente, como para desdecir otros avances. El muro ni siquiera figura en ese plan hacia dos Estados que coexistan para 2005. Es una nueva baza en manos del Gobierno israelí para negociar con los palestinos, o una forma de forzar la eventual solución.
La idea del muro no es de Sharon, sino de la izquierda laborista en el anterior Gobierno de coalición, siguiendo el principio de "cada uno en su casa". En la casa israelí también hay un millón largo de árabes israelíes, que votan para la Knesset. Su futuro no está claro. Menos aún el de los palestinos que se queden atrapados entre la línea verde y el muro. Con su trazado, éste le come entre un 5% y un 10% de territorio suplementario a los palestinos, pues no siempre bordea la línea verde del armisticio de 1949, sino que protege algunos de los asentamientos ilegales y coge más terreno. Cuando esté finalizada (ya casi 100 kilómetros están construidos), esta obra faraónica tendrá una longitud de, por lo menos, 350 kilómetros (más del doble que el muro de Berlín), varios metros de altura, en un terreno despejado para ello, con torretas de control regularmente esparcidas. La historia dirá quién acaba siendo prisionero en qué lado de este muro, si los palestinos o los propios israelíes. Pues lo que está en juego ahora no es sólo la paz, sino qué paz. La Hoja de Ruta puede ser la última oportunidad para una solución basada en dos Estados.
Condoleezza Rice ha pedido públicamente que se detenga la construcción del muro y se derriben las varias decenas de kilómetros ya existentes. ¿Cederá Sharon? Está por ver quién es la superpotencia, medida en términos de libertad de actuar: ¿EE UU o Israel? El entorno ha cambiado en un elemento importante: tras meses evitándolo, la Administración de Bush y el propio presidente se han implicado personalmente a fondo en la solución del conflicto. Es lo que buscaba la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Y lo ha conseguido quizás porque Bush se ha percatado de que la guerra de Irak no se gana sólo en Bagdad, sino también en Jerusalén.
Sharon ha mandado retirar las tropas de Gaza y de Belén, mucho símbolo -importante en ese mundo-, pero Israel sigue controlándolo casi todo. Mientras, ha logrado varias treguas separadas: una entre la ANP e Israel, y otra de los grupos violentos que anidan en los movimientos Hamás y Al Fatah, además de la Yihad, cada uno con sus demandas. Pero no está claro quién controla la parte palestina.
Israel puede tener la sensación de haber derrotado a la segunda Intifada. Pero la consecución de la paz no está, ni mucho menos, garantizada. Si se frustran las esperanzas, o se deja que la violencia sea el árbitro, la situación volverá a empeorar. Más que un muro, lo que mejor puede ayudar a Israel a lograr una mayor seguridad es una ANP fuerte, capaz de controlar a los suyos. Pero en los últimos años, con su política de castigo a las familias de los terroristas y sus pertenencias y de destrucción de las infraestructuras de la ANP, el Gobierno de Sharon ha hecho justamente lo contrario. Como señala un observador, los israelíes han estado destruyendo con armas que les vendía EE UU las infraestructuras palestinas que pagaban los europeos. Ahora que Washington ha comprometido 30 millones de dólares para la reconstrucción a los palestinos, quizás se pare esta guerra de bulldozers. Quizás. Mientras, sigue avanzando el muro.aortega@elpais.es
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de julio de 2003