París bien vale una mesa. Podría ser al revés. Quiero decir que bien podría valer la pena desplazarse a la Ciudad Luz por su gastronomía, pese a los inconvenientes de una urbe recocida y particularmente atestada cada verano, pero suele ocurrir más bien que lo gastronómico está tan astronómico que se padecen los inconvenientes del turismo masificado sin otra compensación que el steack frites, esa versión chovinista de la hamburguesa. ¿Que a qué viene esto? A que no estoy. Se trata del fenómeno conocido como vacaciones, ya saben, ese cambiarse de lugar para seguir con los mismos agobios recrudecidos por la certeza de que cada día que pasa queda menos para el tajo.
¿Por qué París pese a todo? Tal vez porque visto lo que a uno le rodea no puede sino tentarle pegarse un baño de razón y jacobinismo, ya está bien del cartesianismo de segunda mano y la centrifugación que practican los más aborígenes de aquí. El ombligo del mundo no está en Ajuria Enea, puede que tampoco en París pero allí al menos tienen la torre Eiffel, ese monumento a la ambigüedad que el ambiguo tío de Zazie pone de manifiesto cuando se pregunta cómo se puede seguir diciendo que París es femenina con semejante instrumento. Sí, tal vez recuerden a la Zazie de Zazie en el metro, la novela de Queneau o la película de Louis Malle, que recorre París sin que le atraiga más monumento que el metro, un metro que no puede visitar porque hay huelga. Al desinterés de la niña se une la ignorancia de su tío, un parisino de pura cepa, que confunde constantemente los lugares famosos, por no decir turísticos.
Jacques Tati utiliza en Play Time una argucia similar pues consigue que de París no se vea monumento alguno si no es reflejado de pasada en un retrovisor o un escaparate. Lo más seguro es que tanto Tati como Queneau se inspiraran en aquellas famosas Excursiones a ninguna parte, que los dadaístas convocaban en cualquier esquina de París previa distribución de panfletos. Y es que París da para mucho, incluso para visitar el Sacré Coeur, esa horrible tarta de nata que dijo el poeta, o contemplar las espaldas de los japoneses que tienen secuestrada permanentemente a La Gioconda. El cinéfilo, por ejemplo, podrá realizar la travesía de París o comprobar si arde. El amante de las letras podrá recorrer los bulevares -entonces en obras- donde se conocieron Bouvard y Pécuchet gracias a su amor por los socavones y la imbecilidad.
Los nostálgicos que hayan leído a Modiano tendrán a su disposición los lugares de la nostalgia de Modiano con salida en La place de l'étoile. En cambio quienes gusten de los pasadizos, deberán desempolvar a Louis Aragon, cuando era más surrealista que estalinista. Ahí está el Sena de los simbolistas y Apollinaire -"Bajo el puente Mirabeau"-, de los impresionistas, de los bateaux mouches, del Bateau îvre y del Bateau Lavoir, de La caída y el Quai des brumes. Y el 14 de julio de Edith Piaf -"Han visto al diablo bailar en la plaza de la Bastille"- en cuya música suenan el desgarro y los valses musette a mayor gloria del acordeón. ¿Valses? Jacques Brel, aquel belga que nació en el Olympia, también escribió el vals de una pareja cuya relación gira al ritmo de un París convertido en metrónomo. Brassens o Moustaki sonaron de Ménilmontant al Barrio Latino aunque para amores aquellos de la posguerra capturados por las cámaras de Doisneau, Bubat y Cartier-Bresson.
En Montmartre ya no se pinta nada pero en las cercanías del Louvre aún vaga Belfegor tal y como por Nôtre -Dame vagó Quasimodo y por Les Halles, Fantomas. En el Marais aún quedan los palacios de aquellos libertinos entre los que destacó el Poeta Théophile de Viau condenado a muerte y luego amnistiado por ateo. Y no lejos de allí, no muy lejos, se halla la estación perfecta para abandonar París, la Gare de Lyon, aquella que utilizó Bogart para marcharse a Casablanca. Pero si aún le queda París para un rato, para un rato de ensoñación y flânerie o callejeo, recuerde que A la búsqueda del tiempo perdido no es un manual de autoayuda. Ni un corazón con marcha atrás.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de julio de 2003