Todos mienten. Vivimos en la mentira. Romero de Tejada, el secretario del PP de Madrid, dijo que jamás mentía y a las pocas horas tuvo que tragarse sus palabras en la Asamblea de Madrid. En Marbella, Gil y Muñoz son mentirosos compulsivos. Mienten con las alforjas llenas, después de cientos de convenios urbanísticos. Esto no ha hecho más que empezar. Los doce años de Atila en Marbella deja un rastro de nombres y apellidos que serán carne de fiscalía. Y si no, al tiempo. Sorprende, sin embargo, que hayan surgido ahora redentores que quieran regenerar Marbella, como si fuera posible que nazca la hierba donde hay cemento. Atila dejó su rastro en cada esquina, bulevar y en las mismas orillas de la mar y si no que se lo digan al incauto Antonio Banderas, que tendrá que demoler su mansión en Los Monteros, de no mediar alguna solución.
Diez mil viviendas ilegales es la herencia de Jesús Gil. Diez mil viviendas son diez mil millones de las antiguas pesetas. El peaje era claro: una vivienda, un kilo. Y nadie se sorprendía. Ya es sarcasmo que Julián Muñoz, otrora mano derecha de Gil, firmador de convenios urbanísticos, quiera ser el regenerador. El zorro guardando el gallinero. O que lo pretenda el andalucista (sic) Carlos Fernández, hombre que comió de Gil y del GIL. Ahora mira para otro lado. Más lamentable es que una andalucista sensata y serena, como María José Lanzat, caiga en la trampa. Las calores. Lo de Isabel García Marcos no tiene nombre. Una vieja luchadora, azote de Gil, que con sus denuncias hizo que terminara en la cárcel, se convierte, en contra de su partido, en la promotora de la moción de censura que, a estas alturas, nadie sabe si prosperará. Lamentable final. Deben ser las calores. ¿Qué está pasando, de verdad, en Marbella? Yo lo tengo claro: una vivienda, un kilo. Si estaban previstas construir en los próximos años sesenta mil viviendas, pues sesenta mil kilos de las antiguas pesetas. ¿Es suficiente? Más rotundo fue un viejo socialista: "En Marbella no hay virtud que no se pueda comprar". Pues a lo mejor aquí está el quid de la cuestión. O a lo mejor todo es fruto de la imaginación.
Las calores, digo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de agosto de 2003