El pasado 2 de agosto, mi familia y yo tuvimos un aparatoso accidente de tráfico, que pudo haber resultado de fatales consecuencias, en la carretera de Burgos, a menos de 20 kilómetros de Aranda de Duero. En el hospital de allí a mi marido le diagnosticaron la rotura de dos costillas y del esternón, y tenía que estar en observación las 24 horas siguientes. Al día siguiente nos dijeron que tenía que estar ingresado durante más tiempo, por lo que decidí pedir el traslado al hospital de La Paz, al que pertenecemos. El médico que le atendía dijo que por su parte no había ningún inconveniente si yo me ocupaba de todos los trámites, por lo que me puse en contacto con el seguro de mi coche y procedimos al papeleo.
El principal inconveniente que tuve fue lograr que en La Paz nos confirmaran la admisión. El seguro consiguió hablar con Admisión de Urgencias, que autorizó el traslado y garantizó la reserva de una cama para cuando llegáramos. Mi marido fue trasladado en ambulancia estabilizado y con oxígeno puesto, ya que le costaba respirar y se ahogaba. Cuando llegamos a las 20.00 e ingresamos por urgencias, el personal del Servicio de Admisión nos dijo que no nos admitían porque habíamos hecho mal los trámites.
El conductor de la ambulancia no podía marcharse porque necesitaba llevarse su camilla y no le parecía ético dejar a mi marido en el suelo. Decían que no tenían camas (a pesar de habernos asegurado el tener una reservada) y que el cirujano torácico se negaba a atendernos. Después de tres llamadas telefónicas al servicio médico del seguro y de pasarle mi móvil a un médico para que hablara con ellos, éste en ningún momento se dignó a hablar conmigo.
A las 20.39 conseguimos la admisión y a mi marido le metieron en los boxes y le sentaron en una silla. Yo dije que no podía estar en esas condiciones y que necesitaba oxígeno. Un médico, a tres metros de distancia del enfermo, dijo que "ese señor, tal como le veo", no necesita oxígeno. Hasta el conductor de la ambulancia se indignó. Me tuve que dirigir al servicio de Atención al Paciente, donde, muy amablemente, me dijeron que, por supuesto, tenían obligación de atender a mi marido, ya que éste era su hospital de referencia. Una doctora, también muy amable, me dijo que ya estaba perfectamente atendido y que le iban a realizar una analítica y otras pruebas. Que nos fuéramos a casa tranquilamente y que no volviéramos hasta las 11.00 del día siguiente para poder verle y hablar con los médicos. Pedí que me dejaran verle y poder despedirme y no me dejaron. A las 22.15, con el cambio de turno, un celador me dejó entrar y acababan de ponerle en una cama (casi dos horas después) sin oxígeno. Estaba fatigado y medio ahogándose. Nos echaron a casa.
Nos fuimos con la sensación de que le estábamos dejando tirado como a un perro y con la intención de volver a primera hora de la mañana. A la 0.41 le hicieron una analítica (exacta a la realizada en Aranda). A las 2.51, unas placas, y a las 3.00 le dijeron que se podía marchar a su casa, con un informe en el que no explicaba nada que no supiéramos y sin ningún tipo de tratamiento.
Como no tenía manera de volver a casa, ya que estaba en bata y zapatillas, le dijeron que le llevaría una ambulancia, que esperara, y que diera gracias de que no necesitaban la cama, porque, si no, se tendría que largar de allí. Durante todo ese tiempo no sólo no le pusieron el oxígeno, sino que no le dieron ningún calmante, a pesar de suplicarlo, ya que los dolores son insufribles. El cirujano torácico se negó a reconocerle. A las 4.00 lo dejaba una ambulancia en la puerta de casa en bata, zapatillas y ropa interior.
Es maravilloso lo bien que funciona la Seguridad Social y la humanidad de las personas que allí trabajan. ¿Dónde hicieron el juramento hipocrático?
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de agosto de 2003