Hace unas semanas se publicó en este periódico una fotografía que quizá recorrió el mundo. De ser así, el mundo habría sido recorrido por un escalofrío. Era una foto sobre la invasión de Irak, una foto sobre su posguerra. En ella aparecía un hombre de aspecto distinguido (la camisa rayada; quizá, no recuerdo bien, esos puños y ese cuello blancos que algunos encuentran elegante; el pelo entrecano y puntualmente recortado; unas manos delicadas, que se veían acostumbradas al cuidado; quizá unas gafas finas, de diseño italiano) y, junto a él, una mujer alta y atractiva, de gesto cultivado. Él lloraba, mientras ella mantenía a su lado una gravedad a punto de quebrarse. Ambos se hallaban en el Museo Nacional de Bagdad y se trataba del día de su reapertura tras el saqueo del que fue víctima en esos otros días aciagos de sangre y vandalismo. Acostumbrados a las imágenes de un horror de techos rendidos y cuerpos mutilados, el escalofrío que producía esa foto era de otra índole: esas lágrimas y ese estupor no eran sólo por Hamid o por Nur o por Zainab o por Amal o por Alí, sino por Mesopotamia entera, por los sumerios y por los acadios y por los babilonios y por los asirios. Por nosotros. El llanto que, como la sangre de una sábana sagrada, hubiera podido brotar, 50.000 años después, del cráneo neanderthal de Shanidar.
Ese vestigio óseo (tanto, tan poco) de quienes fuimos (quienes somos), desaparecido (quizá ya recuperado) en el saqueo del Museo de Bagdad junto con cientos de figuras de terracota del Ur del siglo IV aC y vasijas pintadas y de alabastro de los siglos V y VI aC y estatuas de basalto del siglo III aC y recipientes de oro y máscaras rituales y tocados reales y liras incrustadas de joyas y tablas con inscripciones y fotografías antiguas y diapositivas y libros que son como la piel (arrancada a jirones) que recubre el cuerpo de la Historia, tiene mucho que ver con la cabeza petrificada de Lope de Vega, tirada por los suelos de las inmediaciones del Museo del Prado tras un bombardeo durante la Guerra Civil española, su cara rota, su genio humillado por el impacto de un obús. La fotografió Aurelio Pérez Rioja en 1937 y ahora podemos ver esa instantánea que supera al tiempo (pasan los años, pasan los siglos, pasan las épocas y las eras, y ruedan y ruedan cabezas inocentes) en la exposición Arte protegido. Memoria de la Junta del Tesoro Artístico durante la Guerra Civil, organizada por el Museo del Prado y el Instituto del Patrimonio Histórico Español. Arriba, en la Galería Central, se expone la impresionante muestra antológica de la obra de Tiziano, cumbre de una belleza que conviene admirar antes de bajar a comprobar lo que pueden llegar a hacer con ella las sublevaciones militares, las guerras imperialistas o, simplemente, la espiral de destrucción que embarga y envilece a la especie humana.
Pasen a enamorarse perdidamente de El hombre del guante (que no pertenece a la colección del Prado, pero sí a la del Louvre, y París también ha sido una de esas fiestas de la guerra), pasen a deleitarse con la Venus de Urbino (que vive en la Galería de los Uffizi y, quién sabe, puede que algún día también caiga Florencia), admiren la inocencia de Ranuccio Farnese (¿¡ese niño está seguro en Washington!?). Y luego bajen a extenuarse con los esfuerzos de las personas que en ese Madrid bombardeado, arrasado y saqueado como una vieja Bagdad, muchos sin duda espantados por la muerte de sus hermanos, por el miedo y la desesperación de su ciudad destripada por la violencia, aún sacaban fuerzas del hambre para descolgar lienzos y embalarlos y apilar sus marcos centenarios, y trasladar tesoros históricos hasta el incierto escondite de las criptas, y proteger con sacos terreros estatuas inamovibles, y clasificar documentos y elaborar fichas de identificación de las piezas (Obra: Las hilanderas, de Velázquez. Medio de transporte: camión abierto...), y construir muros de vergüenza y pirámides de protección alrededor de Neptuno y Cibeles. Como el señor de Bagdad, cuánto debieron de llorar los protectores. Patty Gerstenblith, Gordon Newby o John Russell, especialistas, profesores, historiadores y arqueólogos estadounidenses también advirtieron de la tragedia que acechaba al Museo Nacional de Irak y suplicaron protección. Su Gobierno, borracho de belicismo, no les escuchó. Tampoco el Gobierno, cómplice, de Aznar.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de agosto de 2003