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Reportaje:DIARIO DE IRAK / 6 | LECTURA

Los Kurdos

El Kurdistán iraquí ha aprovechado muy bien los doce años de autonomía total que impusieron los aliados luego de la primera guerra del Golfo, permitiendo el funcionamiento de dos gobiernos regionales y una prosperidad económica notable. En la ciudad de Suleymaniya el viajero no encuentra un solo kurdo que diga que la aspiración de su comunidad es la independencia.

Viajar de Bagdad al norte, hacia el Kurdistán iraquí, es cambiar de paisaje, de lengua, de cultura y, en estos días, además, de escenario urbano. Luego de unas cuatro horas de viaje en coche, por un desierto plano y calcinado, con aldeas de beduinos y esqueletos de tanquetas y camiones militares diseminados aquí y allá, se divisan las montañas, que comenzamos a trepar una hora después, ya en pleno territorio petrolero, a la altura de la ciudad de Kirkuk. Cuando uno deja atrás esta ciudad, rumbo a Suleymaniya, la ruta se empina y las laderas se cubren de verde, de pinares y pequeñas quebradas con sembríos en los que trabajan unos campesinos de rostro curtido y mirada intemporal. Nadie diría que hubo una guerra por aquí.

Todos dicen que desean seguir siendo parte de un Irak democrático y federal que les garantice esta autonomía

"La palabra clave para la pacificación de Irak es trabajo", afirma el ministro kurdo Shalaw Askari

En Suleymaniya los únicos soldados visibles son los 'peshmergas' (combatientes) locales

Y todavía menos en Suleymaniya, simpática ciudad de calles anchas, arboladas, limpias, con policías de tránsito en las esquinas, muchachas vestidas a la occidental, cafés-Internet por doquier, MacDonald's y un verdadero bosque de antenas parabólicas sobre los techos de las casas. Sabía que aquí la guerra apenas había llegado, pero no esperé jamás encontrarme con un espectáculo de semejante normalidad. Tampoco con carteles de agradecimiento al presidente Bush por "la liberación de Irak" y de bienvenida a Paul Bremer, el procónsul, que acaba de estar de visita aquí para entrevistarse con los miembros de uno de los dos "gobiernos" kurdos que se han dividido el Kurdistán iraquí. El de Suleymaniya pertenece al Partido Unión Patriótica del Kurdistán, de Jalal Talabani; el otro, cuya capital es Irbil, más al norte, es dominio del Partido Democrático del Kurdistán, de Masud Barzani. La feroz rivalidad entre ambos partidos, con su violencia fratricida -en los combates de 1994 entre ambas comunidades hubo más de tres mil víctimas- ha aumentado el infortunio de los kurdos, el 20% de la población iraquí (algo menos de cuatro millones). Fueron víctimas sistemáticas de la dictadura de Sadam Husein, que se encarnizó contra ellos, sobre todo durante las rebeliones que intentaron en 1975, 1988 y 1991, pidiendo mayor autonomía o resistiendo la arabización forzosa de aldeas kurdas que llevó a cabo el régimen, desalojando o masacrando a los nativos y reemplazándolos con árabes suníes. Millares de kurdos fueron gaseados con sustancias tóxicas en 1988, en operaciones de exterminio que desaparecían poblaciones enteras -niños, mujeres y ancianos incluidos-, hasta la matanza de Halabja, en marzo de ese año, en que más de 4.000 kurdos fueron liquidados con armas químicas.

Pero, caminando por las calles de Suleymaniya se diría que todo aquello pertenece a un pasado remotísimo. No se ven soldados norteamericanos por ninguna parte ("Están vestidos de paisano, en los cafés y restaurantes, confraternizando con los vecinos", me dirá Shalaw Askari, el ministro de Relaciones y Cooperación de Jalal Talabani) y los únicos soldados visibles son los peshmergas (combatientes) locales, uniformados con los pantalones bombachos, los barrocos turbantes que parecen inspirados en los autorretratos de Rembrandt y los largos tejidos estampados que llevan enrollados en el cuerpo a modo de cinturones.

El Kurdistán iraquí ha aprovechado muy bien los doce años de autonomía total que impusieron los aliados luego de la primera guerra del Golfo a esta región, permitiendo el funcionamiento de gobiernos regionales y estableciendo una zona de exclusión adonde no llegaba la autoridad de Sadam Husein. Además de tener, gracias a ello, por primera vez en su historia, un Gobierno propio, los kurdos han disfrutado de una prosperidad económica notable, que se advierte en las construcciones, los bien provistos almacenes y tiendas donde se exhiben artículos procedentes de medio mundo y muchedumbre de parroquianos en los cafés, puestos de refrescos y restaurantes esparcidos por toda la ciudad. Sin embargo, no hay un solo kurdo que le diga al forastero de paso por Suleymaniya que la aspiración de la comunidad es la independencia. Todos han aprendido la lección y repiten, como una consigna, que desean seguir siendo parte de un Irak democrático y federal que les garantice esta autonomía que les ha venido tan bien. Son muy conscientes de los temores que despierta la sola idea de un Kurdistán independiente en la vecina Turquía, cuyos doce millones de kurdos viven en perpetua tensión con el poder central.

Todo esto me lo explica, en perfecto inglés -ha estudiado en Estados Unidos e Inglaterra-, el joven y dinámico Shalaw Askari, ministro de Relaciones y Cooperación, que me ha recibido en vez de Jalal Talabani, con quien tenía la cita, pero que ha debido partir de improviso a Moscú. En el pasado la Unión Patriótica del Kurdistán fue marxista y recibió ayuda de la URSS, pero ahora es pro capitalista y aliada militante de la coalición, con cuyas fuerzas colaboraron estrechamente los peshmergas, gracias a lo cual esta región salió prácticamente indemne de la invasión.

"Para nosotros, los norteamericanos son nuestros amigos, los libertadores de Irak, y les estamos agradecidos por haber derrocado al tirano Sadam Husein", me dice Askari. Ahora conversamos con naturalidad, pero, hace unos momentos, cuando yo ingresé a esta sala y me encontré al ministro de Relaciones y Cooperación esperándome rodeado de asesores y de empresarios privados que colaboran con él, me quedé desconcertado. ¿Por qué tanta gente? Por un monumental malentendido. Shalaw Askari y su entorno esperaban a alguien que podía invertir, de inmediato, sumas considerables en la reconstrucción y desarrollo del Kurdistán de Jalal Talabani. Con lujo de detalles y de manera persuasiva me explicaron que las urgencias mayores eran un hospital de 400 camas, para el que el Gobierno ya tenía el terreno y los planos de construcción (estaban a mi disposición) cuyo costo no superaría los 40 millones de dólares y un camal para Suleymaniya, calculado en apenas 14 millones. Con verdadero dolor de corazón tuve que aclararles que no estaba en mis manos asumir semejantes inversiones, porque yo, que no representaba a nadie, era apenas un escribidor suramericano averiguando qué pasaba en Irak. El joven ministro palideció, tragó saliva y -¡qué le quedaba!- sonrió.

"Los kurdos hemos aprendido la lección", me dice, "y por eso, ahora, en vez de recordar el martirio de nuestro pueblo bajo la dictadura, o las desgraciadas querellas intestinas que tanto daño han hecho a nuestra causa en el mundo, queremos trabajar, colaborar y contribuir al establecimiento de un Irak democrático y libre donde podamos coexistir en paz con todas las otras comunidades. Esa convivencia es ya un hecho, desde hace doce años, en el Kurdistán. Los turcomanos, por ejemplo, ¿no son acaso respetados? ¿No funcionan aquí sus publicaciones, sus organizaciones políticas, con la más absoluta libertad? Ocurre exactamente lo mismo con los chiíes, los suníes, los cristianos y demás religiones. Hay sitio y trabajo para todos. Somos una prefiguración de lo que deberá ser Irak en el futuro".

Cuando le pregunto si la Unión Patriótica del Kurdistán integrará el Consejo de Gobierno que está formando Paul Bremer, me asegura que sí: es un tema que ha quedado claro durante la reciente visita del jefe de la CPA (Coalition Provisional Authority). (Y, en efecto, días después de esta entrevista, cuando en Bagdad se presente el flamante organismo encargado de conducir el país hacia un sistema democrático y federal, figurarán en él, de manera prominente, tanto Jalal Talabani como su adversario Massud Barzani.)

"La palabra clave para la pacificación de Irak es trabajo", afirma el ministro Askari. Es fogoso, optimista, muy delgado, y habla también con las manos, como un italiano. "El fanatismo islamista, por ejemplo, se reduciría drásticamente si tantos desempleados empezaran de una vez a trabajar y a ganar un salario. Cuando se está ocioso es posible ir cinco veces al día a la mezquita y vivir mentalmente prisionero de lo que allí se predica. Si uno trabaja ocho horas, más las idas y venidas y el tiempo dedicado a la familia, la religión ya no puede seguir siendo la única ocupación de la vida. Aparecen otras cosas igualmente importantes. Y ciertas telarañas de la cabeza se deshacen y se adoptan entonces ideas más modernas". Según él, la violencia que se ha desatado contra las fuerzas de la coalición -los atentados y emboscadas dejan a diario uno o dos soldados norteamericanos muertos- no son sólo obra de los rezagos de las fuerzas represivas y la Guardia Republicana de Sadam Husein; también de comandos extranjeros enviados por Al Qaeda, la organización terrorista de Osama Ben Laden e, incluso, de terroristas venidos de Irán, que obedecen a los sectores clericales más conservadores del país vecino. "Estos temen más que nadie en el mundo el establecimiento de un Irak democrático. Por otra parte, creen que tarde o temprano, Estados Unidos irá por ellos. Y han decidido que la guerra comience en territorio iraquí". Pero, está convencido, una vez que se institucionalice el país, la coalición y las autoridades iraquíes aniquilarán rápidamente la resistencia terrorista.

Su ideal es transparente: un Irak de profesionales y de técnicos, integrado al mundo, emancipado de los dogmas políticos o religiosos, que atraiga capitales de todas partes para desarrollar los gigantescos recursos del territorio, en el que la libertad y la legalidad asegurarán la convivencia, y en el que la empresa privada será el motor del desarrollo. Me señala a los empresarios que lo acompañan. Ya se han puesto a trabajar, pese a la precariedad del momento, y a las dificultades que entraña para cualquier operación financiera la incertidumbre, el vacío legal y el hecho de que no haya bancos todavía, ni siquiera una moneda común para todo Irak, pues aquí, en el Kurdistán, no circulan los dinares con la cara de Sadam Husein del resto del país, sino otros, de una emisión anterior. (Pero la verdad es que la dolarización de la economía es veloz). ¿Se puede hacer negocios e inversiones en un desorden semejante? Uno de los empresarios, el exuberante y cordialísimo Nagi Al Jaf sonríe, triunfante: "Para mañana esperamos a una delegación de banqueros suizos a los que hemos casi convencido de que abran un banco en Suleymaniya". El ministro me recuerda que el capital acude siempre donde puede efectuar inversiones rentables y condiciones estables y atractivas. "Aquí tendrán ambas cosas".

La locuacidad del ministro Askari se atenúa cuando le pregunto si es verdad que tanto Jalal Talabani como Massud Barzani han prometido a Paul Bremer, quien habría venido a entrevistarse con los dos hermanos enemigos con este objetivo principal, integrar sus dos gobiernos, el de Erbil y el de Suleymaniya, en uno solo, de modo que los kurdos tengan una sola voz representativa en el futuro gobierno iraquí. "Estamos colaborando entre nosotros y las asperezas y las viejas rencillas se van limando poco a poco. La voluntad de unión existe. Sólo es cuestión de tiempo". Es el único momento de la larga entrevista en la que tengo la impresión de que el amable ministro me cuenta un cuento oficial.

En cambio, estoy convencido que cree a pie juntillas lo que me dice sobre el deseo de los kurdos de tranquilizar a Turquía, quitándole de la cabeza el temor de que la meta de Talabani y Barzani sea un Kurdistán independiente, algo que el Gobierno turco ha dicho de manera categórica que no tolerará. "En eso, todos estamos de acuerdo: no luchamos por la secesión, queremos formar parte de un Irak que respete nuestros derechos". Y, como quien no quiere la cosa, hace un comentario sibilino: "Qué manera de meter la pata la de Turquía ¿no le parece? Teniendo la oportunidad de recibir 40 mil millones de dólares de Estados Unidos por permitir el paso de las fuerzas de la coalición que venían a liberar a Irak, la rechazaron. ¿Bastante estúpido, verdad? Y, además del dinero, perder de paso a un amigo tan poderoso. Allá ellos".

Al salir de la reunión el empresario Nagi Al Jaf me lleva a un lugar que, me asegura, "es paradisíaco". No exagera en absoluto. Suleymaniya está rodeada de montañas y una de ellas, de suaves lomas cargadas de vegetación, que una carretera muy moderna va escalando entre pinares, conduce a una cumbre de ancha base desde la cual la visión de toda la comarca es espléndida. Allá abajo se dispersan, blancas y salpicadas de jardines, parques y árboles, las viviendas de la ciudad, donde empiezan ya a encenderse las primeras luces. Es muy extendida y entre sus extremos hay roquedales color ocre y bosquecillos. En estas alturas, el agobiante calor desaparece, atenuado por una brisa fresca con aroma a resina. Toda la ladera de esta montaña está llena de familias o grupos de amigos, muchos jóvenes, que se han instalado bajo los árboles, con pequeños braseros donde están preparando la cena, mientras conversan, beben y algunos cantan. A lo largo del camino hay puestos de refrescos, casitas aisladas, un casino. Y por donde uno vuelva la vista todo es limpio, bello y pacífico. Tengo que sacudirme la cabeza y decirme que todo esto es superficial y mentiroso, que, en verdad, estoy en un país que sólo ayer padecía las más atroces iniquidades y que buen número de estos benignos excursionistas que se disponen, divirtiéndose, a gozar de las miríadas de estrellas que ya comienzan a despuntar -las más fúlgidas y numerosas que he visto nunca- tienen muchos muertos, torturados y mutilados que lamentar, por obra del salvajismo de la dictadura o de la ceguera fratricida de los propios kurdos.

Todo lo que visito a la mañana siguiente, el mercado y las calles adyacentes, y todas las personas con las que hablo me dan la misma sensación: que, pese a todas las tragedias del pasado y las dificultades presentes, aquí las cosas marchan en la buena dirección, y que reina entre la gente un espíritu constructivo, una esperanza y una voluntad resuelta de poner fin al ignominioso pasado.

Pero cuando estoy ya a punto de partir, una conversación casual, en el hotel, alrededor de un café cargado y humeante, con un joven constructor que viene de Erbil y cuyo nombre no diré, me echa el alma a los pies. "No se lleve una idea tan positiva de lo que ocurre aquí", me dice, en voz baja, después de escucharme lo bien impresionado que estoy de mi breve visita a Suleymaniya. "No sea ingenuo". Es verdad que se ha progresado mucho, en relación con el pasado sangriento, pero hay otros problemas sin resolverse. El Kurdistán iraquí está ahora dividido entre dos partidos que se odian pero que han establecido dos gobiernos que son dos monopolios. "¿Puede haber democracia con partidos únicos? Le aseguro que una democracia muy relativa y muy corrupta. Hacer cualquier tipo de negocio, aquí o en Erbil, es tener que pagar elevadas comisiones al Partido Democrático del Kurdistán o a la Unión Patriótica del Kurdistán, y a los propios dirigentes, muchos de los cuales en estos años se han hecho ricos gracias al flamante ejercicio del poder. Porque ni aquí ni allá hay ningún tipo de fiscalización real de los gobiernos". ¿Dice la verdad o exagera? ¿Es su crítica objetiva o la expresión de un resentimiento o fracaso personal? No tengo manera de saberlo, por supuesto. Pero subo a la camioneta que me llevará de regreso a Bagdad apenado y con un saborcillo amargo en la boca.

© Mario Vargas Llosa, 2003. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2003. Mañana: El virrey (y 7).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de agosto de 2003