Perdía el Barça y la hinchada reunida en pleno en el Camp Nou temía revivir una segunda derrota consecutiva ante el Sevilla. Hasta que, en plena noche, apareció una estrella: Ronaldinho Gaucho de Assis Moreira. Eran las 1.25 horas del miércoles cuando el portero Víctor Valdés sacó la pelota con la mano en largo para Ronaldinho. El brasileño la recibió y orientó la pelota antes de atravesar la divisoria con la rapidez y precisión que demandaban el reloj y el marcador. Frente a él, cara a cara, se presentaron los dos medios centro del Sevilla, Casquero y Martí; más atrás, dos centrales de armas tomar, Javi Navarro y Pablo Alfaro; y, al final, Notario, uno de los porteros que mejores registros presentó en el pasado campeonato.
La orquesta azulgrana, tan entregada como desafinada, paró de tocar y dejó paso al solo de Ronaldinho. Dos quiebros, sin forzar la cintura, con elegancia, en carrera, para eliminar a los dos centrocampistas y encarar a los zagueros, siempre ganando terreno. Encarada la portería, todavía sin pisar el área, el brasileño se anticipó a los defensas y golpeó la pelota con una precisión, dureza y velocidad tremendas. Notario voló hacia la escuadra derecha, la pelota dibujó una parábola y, tras dar en el travesaño, bajó hasta besar la red. Una fotografía inmejorable. Un gol para guardar que Ronaldinho celebró como se merecía. Extendió el dedo meñique y el pulgar, exhibió su sonrisa descarada, mostró sus dientes exagerados, sus rizos quedaron al viento, y no paró hasta poder festejar el tanto con la hinchada en una fiesta nocturna inolvidable.
"Cuando tienes más espacios para pensar, las ocasiones salen. Disparé porque tenía confianza. La pelota estaba en una posición perfecta para golpearla", relató Ronaldinho cuando el reloj ya había tocado las tres de la madrugada, en la sala de prensa del Camp Nou, cuatro horas antes de subirse al avión que lo trasladaría a la concentración de la selección de Brasil. "Dedico el gol a los 80.000 torcedores [hinchas] que han venido para apoyarnos durante todo el partido", señaló en una mezcla de castellano y portugués. "Únicamente lamento que no hayamos podido ganar el partido".
Ronaldinho demostró, con su magia, que juega igual que vive. "Busca alegría dentro y fuera del campo", argumenta su entrenador Frank Rijkaard. El pequeño de los hermanos de Assis es un enamorado de la música brasileña y, sobre todo, de la pagode, una especie de samba. "Es un futbolista que sabe cambiar la música del partido más difícil", proclama Marcelo Lippi, entrenador del Juventus.
Ofrecido como un producto mediático por la junta de Joan Laporta, el brasileño es un espectáculo. Ante el Sevilla, firmó su primer gol oficial en la Liga en el primer partido del Camp Nou. Un mes antes, en la gira por Estados Unidos y en Inglaterra, ya dejó nota de sus cualidades, pese a que siempre se ha definido más como un pasador que como un goleador.
Rijkaard dijo que "el gran gol de Ronaldinho" justificó, por sí solo, haber disputado el partido ante el Sevilla a medianoche, apreciación que comparte Laporta, que calificó al brasileño de "nuevo líder, un futbolista mágico que la hinchada acabará prefiriendo a Beckham", el futbolista por el que también pujó el presidente en su campaña. Especialmente dicharachero estuvo también Joaquín Caparrós, el entrenador del Sevilla, que antes del descanso se las había tenido tiesas con Rijkaard. "Es un gol para ponerse de pie", subrayó. "Ha marcado un gran tanto y valió la pena jugar a esta hora para ver una acción tan maravillosa". Caparrós se atrevió a decir incluso que no le importaría repetir el partido a la misma hora, pero con un matiz: "¡Que no juegue Ronaldinho!".
Al brasileño le ha bastado un partido para activar la memoria de la afición barcelonista. El gol de Ronaldinho evocó aquella cola de vaca de Romario a Alkorta (8 de enero de 1994), la jugada extraterrestre de Ronaldo en Santiago de Compostela (12 de octubre de 1996) y la chilena de Rivaldo contra el Valencia (17 de junio de 2001). Goles brasileños, con música, con mística, únicos en el Barça. Goles con R.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de septiembre de 2003