El asesino antiabortista Paul Hill esperó ayer, relajado y sin remordimientos, que lo ejecutaran a medianoche en Florida, al tiempo que otros cien condenados a muerte recibían aliviados la anulación de sus sentencias en los Estados de Arizona, Idaho y Montana. Hill convocó a medio centenar de periodistas en el penal de Starke para decir que "Dios le recompensará" por haber asesinado a un médico que realizaba abortos.
"Cuanto antes me ejecuten, antes me voy al cielo", afirmó el ex pastor presbiteriano de 49 años, casado y con tres hijos.
El gobernador de Florida, Jeb Bush, no conmutó la sentencia a pesar de haber recibido peticiones de grupos opuestos a la pena capital y amenazas de muerte de grupos extremistas en contra del aborto. Bush está también en contra del aborto, pero a favor de la pena de muerte. "Yo les respeto y ellos deben respetar la ley de este Estado", dijo. La muerte de Hill, mediante inyección letal, ocurrió a las seis de la tarde hora local, medianoche de España. Hill, que se negó a apelar su caso, es el primer ejecutado por matar a un médico que practicaba abortos.
Hill relató con todo lujo de detalles los asesinatos del doctor John Britton y de su conductor: "Recargué el arma cuando me di cuenta que estaba aún con vida y le disparé otras cinco veces hasta que dejó de moverse". Y después hizo un llamamiento a todos los que piensen como él para que actúen como él: "La violencia hay que combatirla con violencia". Ante el temor de que le secundaran, todas las clínicas de aborto de EE UU activaron ayer la alerta de máxima seguridad.
Las condiciones de seguridad se extremaron igualmente en el penal de Starke. Más de un centenar de policías custodiaban el perímetro de la prisión, casi cuatro veces más de lo habitual, explicó el sheriff Bob Milner. La mayoría de las organizaciones antiaborto se desmarcaron de las arengas de Hill declarándose opuestas a la violencia, pero no faltaron extremistas que le calificaron de "mártir".
Algunos de sus seguidores, como los militantes de la organización Misioneros de los No Nacidos le equiparan a Dietrich Bonhoesser, un pastor de la Iglesia luterana alemana que fue ejecutado por planear un compló para asesinar a Hitler.
A Hill le había sentenciado un jurado, a diferencia de los 100 reos cuyas sentencias invalidó el martes por la noche un tribunal de apelaciones de California por haber sido dictadas por jueces.
La decisión aplicaba con efectos retroactivos una resolución adoptada el año pasado por el Tribunal Supremo, según la cual sólo los jurados y no los jueces deben imponer la pena capital. El ámbito de ese fallo puede ampliarse a otros dos Estados, Colorado y Nebraska, pero para ello sería necesario que o bien los tribunales de apelaciones de esos Estados se pronunciaran o bien el propio Supremo retomara el caso. Esta última es bastante probable, en opinión de los juristas, dado que se han producido dictámenes contradictorios en cortes inferiores. Cabe también la posibilidad, aunque remota, de que los magistrados del Supremo revirtieran su propio fallo y restablecieran las condenas dictadas por jueces. Mientras tanto, los 100 reos que ayer salieron de los corredores de la muerte tienen derecho, cómo mínimo, a una revisión de sus procesos.
"Pasaporte a la gloria"
Hill nunca quiso que se revisase su sentencia. Por el contrario, decía que cometió los crímenes en 1994 porque Dios le puso "bajo extraordinarias circunstancias en las que era necesario actuar". No tenía dudas, aseguraba, de que la inyección letal es su "pasaporte a la gloria".
La hija adoptiva del médico asesinado, Catherine Briton Firbanks, se opuso a su ejecución. "No le perdono lo que hizo, pero estoy en contra de la violencia de Estado. La pena de muerte es inhumana y bárbara", dijo ayer en el programa Today de la cadena NBC. El resto de la familia piensa lo contrario y asistió a la ejecución.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de septiembre de 2003