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60ª MOSTRA DE VENECIA

Sean Penn y Benicio del Toro construyen en '21 gramos' un violento poema trágico

Iñárritu suena como favorito con Bellocchio, Kitano, el chino Ming-Liang y el ruso Zvyagintsev

Aún sigue recorriendo el mundo la magnífica Amores perros, y anoche, el segundo filme del mexicano Alejandro González Iñárritu, 21 gramos, inició el suyo. No tiene este puzle de visiones arrancadas -en desorden que genera claridad- de la agonía de Sean Penn la fuerza de arrastre épico de la primera. Pero la energía de este genial actor iguala la balanza, escoltado por un reparto eminente, del que tiran Benicio del Toro y Naomi Watts. El resultado es cine grande, tenso, violento, sobrecogedor, del que corta el aliento y lo mantiene en vilo.

Iñárritu se consagra como cineasta de lo extremo, del suceso de vivir en acuerdo con morir

La película provoca rápidamente el reconocimiento de uno mismo en los sombríos personajes y sucesos

Parece que, en buena parte, 21 gramos es una consecuencia material de Amores perros. Cuentan que la fortuna que el cineasta mexicano se ha embolsado con el triunfo de su primera película ha ido a parar, mano a mano con un grupo de producción estadounidense, al empeño de hacer posible la segunda, que anoche cerró el concurso de esta 60ª Mostra y, al cerrarlo, abrió en él un lugar para ella entre las películas candidatas al codiciado León de Oro, que los augures de turno anuncian que irá esta noche a manos de Marco Bellocchio por su Buenos días, noche; y de no ser así es porque González Iñárritu y su 21 gramos; el chino Tsai Ming-Liang y su Adiós Dragon Inn; el japonés Takeshi Kitano y su Zatoichi, y el ruso Andrei Zvyagintsev y su El retorno, se le han adelantado.

Pero gane o no un premio, 21 gramos es ya una película disparada hacia la continuidad, hacia una tercera obra de la misma estirpe noble, negra, amarga y embarcada en la tarea de hurgar y remover en los conflictos que la gente contemporánea mantiene consigo misma. Dice González Iñárritu que busca desvelar en su obra antiguas cuestiones fatalmente vigentes, permanentes, pero hoy en carne viva debido a nuestra complicada situación histórica, cuestiones como el sentimiento de pérdida y abandono, la conciencia de culpa, el azar, la venganza, el deber, la fe y la busca de redención. Son viejas palabras no erosionadas, porque enuncian cuestiones mayores, que hacen rebosar a 21 gramos al mismo tiempo de ambición y de humildad. La película provoca rápidamente el reconocimiento de uno mismo en los sombríos personajes y sucesos a los que un hombre agonizante, interpretado con sobrecogedora sensación de dolor y esfuerzo por el inmenso Sean Penn, pasa revista en forma de un laberíntico troceo, que pieza a pieza se va ordenando hasta alcanzar, en un momento impreciso, pero exacto, la nitidez y configuración.

Es 21 gramos el vivificador relato de una muerte, la representación interior de un proceso de agonía contemplado en los residuos de imágenes exteriores que flotan en la conciencia del moribundo. Dentro de esta agonía, el hombre reconstruye su destino con los escombros y los cruces de éste con los destinos de otros dos, una mujer, a la que da vida rebosante la maravillosa Naomi Watts, que logra una prodigiosa metáfora de la resurrección, y un Benicio del Toro que se acerca, o quizá alcanza, el estado de trance, la sencillez de la genialidad. Y es este interior nocturno un febril y trepidante hervidero de sucesos, un delicado y complejísimo trabajo de montaje, un chorro de actos y de ideas, cine puro de altísimo voltaje emocional, que consagra a González Iñárritu como cineasta de lo extremo, del suceso de vivir en acuerdo -desesperanzado, pero imprescindible- con morir. En medio del necio y turbio vaciamiento de la muerte en que se ensucia y regodea la parte más abyecta del cine actual, 21 gramos -porque 21 gramos es el peso que pierde un agonizante en el instante de morir y de hacer un último apretón de dientes para aplazar lo inaplazable- es la recuperación del orgullo del cine, su reconquista de la verdad.

Mientras tanto, el cine bueno, regular y malo se agolpa en el tramo final de esta Mostra. Pasaron La casa de los babys, última obra del independiente norteamericano John Saylles, que pone toda su destreza en este noble relato de vidas cruzadas, para tejer una historia cálida y generosa, que borda con su gran dominio de los tiempos lentos. Este incatalogable cineasta expone aquí otro capítulo del expolio por su país a los de Latinoamérica. La busca por seis mujeres estadounidenses de seis niños hispanos a los que adoptar y llevárselos como paquetes de lujo a su Norte.

Siguió a este buen golpe contra las formas extremas del colonialismo otro filme estadounidense, The agronomist, dirigido por Jonathan Demme, un virtuoso de la ficción que últimamente parece saturado de piruetas argumentales y reincide en el documento, con un admirable trabajo de análisis y exaltación de la figura del periodista haitiano Jean Dominique, un activista de los derechos civiles que ha sido un formidable quebradero de cabeza para los dictadores de la infortunada isla.

Y más atrás quedan el sólido plomo polaco Pornografía, dirigido por Jan Kakub Kolski, que de nuevo nos lleva a rincones siniestros de la ocupación nazi en Polonia durante la Segunda Guerra Mundial. No aporta nada nuevo al respecto. Y llegó, también, el filme croata Loving glances, de Srdijan Karanovich, que es una comedia ligera dedicada a la figura del cineasta clásico francés René Clair y obviamente inspirada en su cine. Y anoche llegó también el último filme en concurso de gran entidad, la magnífica Alila, durísima y formalmente exacta incursión -menos hermética, más accesible que otras precedentes, pero no menos grave y llena de violencia crítica, y del habitual vitriolo con que este cineasta suele fustigar a sus compatriotas- del gran director israelí Amos Gitai en las miserias morales y sexuales de la vida burguesa de su país.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 6 de septiembre de 2003