Se veía en seguida que era catalana. Es cierto que llevaba en su bolso, muy visible, La Vanguardia (y, detrás, más discretamente, L'Avui), pero quiero creer que, aun sin tales señas de identidad, la pálida tez de la cara, el porte mismo, delataban ya el lugar de origen. Al sentarse la pareja en la mesa vecina, de todas maneras, y empezar a conversar en el idioma de Verdaguer, ya no quedaba resquicio para la duda. Dos catalanes en el corazón del Madrid de los Austrias.
Había poquísima gente en el local, normalmente atestado de turistas atraídos por la fama del cordero asado y del cochinillo. Y es que, si los yanquis ya vuelan menos que antes, el Gobierno japonés ha advertido a los nipones temerosos por su seguridad que no se aventuren por el centro de la capital española, donde hasta en la entrada al Prado los tirones están a la orden del día. De modo que en el restaurante apenas había más clientes que la pareja de marras y la formada por servidor y señora, ellos hablando catalán y nosotros inglés.
Los de Cataluña no nos hicieron el menor caso a lo largo de la comida, como era lógico. Pero nosotros sí a ellos. Yo, la verdad, apenas podía apartar ojos y oídos. Me fijaba sobre todo en el hombre, de físico inconfundiblemente sureño, andaluz. Al principio hablaba poco pero, después de unas copas del excelente vino tinto de la casa, y de engullir medio plato de jamón serrano, la lengua se le fue desatando poco a poco. De modo que cuando le llamaron por el móvil desde Barcelona estaba ya hecho todo un chorro verbal. Y cuál no sería mi sorpresa al oírle confiar a su interlocutor lejano: "Tinc un problema. Estic a Espanya".
Cuando a los catalanes les da por visitar otros rincones de la península ibérica, dan por supuesto que nadie entiende su idioma. Y hacen bien porque casi siempre es así. ¿Quién se toma la molestia de estudiar catalán en el resto del Estado? ¿Quién lee una novela en catalán? Casi nadie. Pero hay excepciones a la regla, y además para colegir que la frase transcrita significa "Tengo un problema. Estoy en España" no hace falta ser exactamente un genio. Habiendo manifestado que encontrarse en el país aludido constituía para él un problema -pese a estar comiendo en un establecimiento de cierto prestigio gastronómico-, nuestro hombre, con la lengua cada vez más suelta y la voz más alta, empezó a comentar, con proliferación de "¡collons!" y "¡ostias macho!", la situación actual de sus negocios inmobiliarios, al parecer bastante boyantes. Era un andaluz reciclado como catalán especulador.
Aquel individuo me recordó a otros, no muchos, con quienes he tropezado a lo largo de los años y que, ya más catalanes que los mismos catalanes -para hacer méritos o para obviar desprecios-, daban la impresión de querer olvidar sus raíces y hasta se hacían imprimir tarjetas de visita con los apellidos separados por la ridícula i latina (que se supone presta cierto sello de autenticidad catalana a quien va por el mundo así provisto). La contribución de los andaluces a la pujanza de Cataluña es un hecho. Me parece que ya no caben ni complejos ni renuncias.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 9 de septiembre de 2003